Saltar la trinchera


Ya falta menos, lo presiento. Tampoco hay que ser adivino. Una preparación artillera no suele durar más de diez o doce horas y esta va ya para las cuarenta y ocho. ¡Cuarenta y ocho!. Es para volverse loco. ¿Quedará alguien con vida al otro lado?. Es como si el mundo se estuviese acabando frente a nuestros ojos, y solo nosotros, los elegidos, fuésemos a… ¿Y por qué tengo miedo?. ¿Por qué pienso en esto ahora?.
A mi lado nadie parece preocupado. Unos silban. Otros hace horas que dejaron de tratar de contar los salpicones de barro, y quién sabe si trocitos de enemigos, que brotan ante nuestros ojos, y eso que solo trataban de calcular los de los pocos metros de nuestro sector. Otros hacen que duermen. Alguno incluso reza.
Hipócritas. Hipócritas como yo. Basta con mantenernos un segundo la mirada para que mostremos impúdicamente todo el miedo que llevamos dentro. Temblamos. Desde el más veterano hasta el último en llegar. Es por ese no saber. Por esa comezón al qué habrá al otro lado. Pero también por ese miedo perruno a abandonar el calor de la trinchera que nos ha resguardado durante los últimos quince meses.
Preferimos quince meses de infierno, de mierda, de lodo, de ratas, de piojos, de cadáveres medio enterrados, medio desenterrados tras cada cañonazo enemigo. Preferimos eso a la gloria que nos prometen, que nos apalabran. ¡Será mañana, y más os vale correr, porque pasado estaremos en su capital y solo los primeros en llegar tocaremos a tres mujeres por barba!.
Hoy ya es mañana y aún nada. Solo más y más cañonazos. ¿Cómo lo soportaran ellos?. Allí, bajo esa cortina de fuego y muerte, ¿quedará alguno para contarlo?. ¿Se resistirá?. ¿Estará loco, sordo, desquiciado?. Dos días de cañonazos. Dos días.

Ya hace dos horas que estamos fuera de los refugios. Pertrechados y listos. Las bayonetas caladas, señor. La moral por los cielos, señor. Les daremos duro, señor. ¿O no?.
¿A qué disparan ahora?. Ya hace horas que no debería quedar nadie allí. Tal vez ni siquiera tras ellos quede nadie. Todos habrán huido. Será un paseo. Ha de serlo. ¿O no?.
De pronto todo parece detenerse. Cesan súbitamente los cañones, cesan sus estragos, y tan solo las columnas de humo que por doquier trepan al cielo recuerdan lo que hasta hace un segundo era el infierno. ¿Ya está?. ¿Nos toca?.
Mi capitán mira su cronómetro. Hace unos minutos que le han llamado. Será hoy, será ahora. Aún así, no quiere hablar. Él no es un general de la vieja Grecia arengando a sus bravos antes de marchar a despedazar a millares de medos. Él es un hombre práctico. Lleve allí a sus hombres, permanezca, regrese, quédese.
Mira al joven T. Apenas tiene diecisiete. ¡Dale!. T. toma el balón del regimiento con sus manos y le pega un fuerte chut hacia los cielos aún preñados de humo y barro. A la par, el sopla su silbato con fuerza. ¡Ya!. ¡Ya!. ¡YA!.
Saltamos. Tenemos escalas, pero nosotros saltamos. Lo que haya de ser, que sea ya. Una bala bien tirada nos puede mandar a casa. Sea pues.

Nada. En cuanto dejamos de gritar para darnos ánimos, en cuanto los primeros que han echado a correr empiezan a frenar sus pasos, en cuanto el silencio nos envuelve a todos, todos empezamos a ver que estamos solos.
Nada, ni un tiro. Ni un grito. Nada. Frente a nosotros reina la misma calma que empieza a apoderarse de nosotros. Ya ninguno corremos. Tampoco es que fuera fácil. Tras los doce primeros metros solo hay cráteres y barro bajo nuestras botas. Ni siquiera nosotros, seres anfibios ya, fogueados en el barro, licuados, nos movemos con facilidad. Alguno se hunde hasta la cintura tras un mal paso.
Veinte metros. Empezamos a dejar atrás nuestras alambradas. Esto ya es la tierra de nadie. Hace meses que no son más de tres los que, juntos, se atreven a entrar en ella. Uno de cada diez, el que regresa. Unos huesos blanqueados, no me explico cómo en este cenagal, nos saludan. Andamos ya todos. Ni uno solo de nosotros corre. Y hasta donde se me pierde la vista, en los otros sectores tampoco parecen tener muchas prisas. Alguno empieza a silbar a mis espaldas. Quedamente. No se fía. Es más por miedo que por confianza por lo que silba.
Treinta metros. Treinta y cinco. Más barro, más cráteres, el mismo silencio. Alguno empieza a pensar que sí, que no hay nadie al otro lado. Yo mismo empiezo a pensarlo.
Una liebre, gris, sigilosa, se mueve ligeramente frente a mis ojos. Luego, sin solución de continuidad, se rompe el cielo sobre nuestras cabezas.
Era un casco. ¡Una liebre, había pensado!. Era un casco. Y bajo él, claro, un enemigo. Y junto a él, claro, muchos más. Saliendo de aquí y de allá, lanzándose prestos a sus nidos de ametralladora, a sus morteros de campaña, a sus aspilleras, de pronto erizadas de rifles y más rifles.
Ya es tarde para comprender. Con el cielo roto, allí, solo, solamente acompañado por los que me han acompañado en los últimos días, la furia de los dioses se abre sobre nuestros cuerpos entregados. Una, dos, tres, seis, diez, más aún tal vez. Las balas nos destrozan. Nos llegan tan juntas, tan a la vez, que antes de caer por culpa de la primera las siguientes ya estás rasgando nuestra piel, nuestros órganos, nuestra vida.

No grito. No puedo. Caigo y solo veo el cielo. Aún no he muerto. Aún nada me duele. Tan solo no puedo moverme. No comprendo. Solo tengo claro que aquella liebre era un casco. ¿Qué iba a hacer una liebre en este infierno?
¿Qué iba a hacer una…?

2 comentarios:

Martín dijo...

Habia que tener un par para saltar de ella, realmente, pensando en lo que habia por delante...

En algunas cosas, la primera guerra mundial supera el horror de la segunda (al menos en el frente occidental). Generaciones enteras de jovenes segadas por las metralletas...

Yo, Yuste dijo...

Menos en el genocidio nazi, la shoah, y las encarnizadas luchas en el frente del Este y en las islas del Pacífico, la Gran Guerra supera en todos sus extremos la crueldad de la Segunda Guerra Mundial.
Eso sin olvidar que el genocidio de Stalin o Pol Pot, menos por el empleo de gases, fue respectivamente superior cuantitativa y proporcionalmente hablando y que las batallas y masacres de Bosnia o Ruanda podrían haber hecho palidecer a un veterano de Stalingrado o Iwo Jima
La invasión de Bélgica, el uso de armas químicas, los combates cuerpo a cuerpo, la ocupación de Rumania, el hambre en Alemania o Austria, las batallas en el frenta austroitaliano...
La Gran Guerra, aunque hoy día haya quedado olvidada bajo el estrato de horror posterior, sigue en mi opinión siendo la única que merece ese nombre.