Hitler tenía una especie de “plan maestro”, una serie de objetivos que ya había planteado años atrás en “Mi lucha” y que pasaban por acabar con el escenario internacional que había forjado el “Tratado de Versalles” y ganar para Alemania un “espacio vital” sobre el que creía que debía asentarse a la numerosa población alemana. Una población, por otra parte, de la que todo elemento “ajeno” a su ideal de alemán –judíos, gitanos, comunistas, socialdemócratas, intelectuales, sindicalistas…- había de ser extirpado brutalmente.
Sin embargo, no contaba ni con las fuerzas ni con los medios necesarios aún, así que la prudencia marcaba marchar con paso cauteloso, sobre todo a nivel internacional. Dentro de Alemania, con un poco más o menos de cinismo y unas enormes dosis de adoctrinamiento, supo ganarse a la mayoría de sus ciudadanos –que pronto dejarían de serlo para convertirse en “pueblo”- mientras enviaba ante sus propios ojos a miles de dirigentes de la izquierda y comunistas a poblar los recién estrenados campos de concentración –aún no de exterminio- y multiplicaba la presión de los matones de las SA sobre la población judía alemana, ahora además reforzados por los aparatos de “seguridad” del Estado.
¿Por qué no iba a poder hacerlo?. Hacia bien poco que Stalin había deportado a millones de campesinos, los “kulaks”, por el único delito de tener una vaca o un terruño en el que emplear a unos pocos braceros –si bien a muchos de ellos les ahorró el viaje asesinándolos en el mismo lugar-. Como los comunistas habían demostrado, para convertir a un vecino en un enemigo nacional tan solo hacía falta bombardear al resto de la población con una serie de machaconas campañas propagandísticas hasta lograr su objetivo. Y para eso él tenía a Goebbels.
Sin embargo Alemania no era Rusia, y no solo no era tan grande como para poder aislarse en si misma ni contaba con una Siberia en la que poder “enterrar” las pruebas de todos los delitos, sino que además era considerada la culpable de la Gran Guerra, y por ello permanecía tenazmente vigilada por franceses, británicos, polacos e incluso por los italianos.
Así pues, la situación exigía una táctica ligeramente diferente, a la larga igual de criminal, pero en el corto plazo mucho más moderada: la campaña pacifista de 1934.
¡Despierta Alemania!
Ya desde la misma firma del “Tratado de Versalles” la diplomacia alemana había tratado de recuperar para Alemania su papel de gran potencia en el concierto internacional. El mismo ministro de exteriores Stresmann, un moderado a carta cabal, jamás renunció a este objetivo, pese a que ya entonces la propaganda nazi lo tachara de pelele de los vencedores. Sin embargo, su muerte, el notorio debilitamiento del régimen de Weimar y, sobre todo, la crisis del 29, marcaron un brusco endurecimiento en los modos de la diplomacia alemana. Prueba de esto es la consecución de la cancelación del pago de reparaciones al que quedó obligada tras el final de la Gran Guerra, la exigencia de un trato de igualdad en el terreno armamentístico o la proposición de un proyecto de unión aduanera con Austria que fracasó solo después de la tenaz oposición de ingleses y franceses. ¡Todo ello antes de 1933!
Aún así, la llegada de Hitler al poder en 1933 radicalizó aún más la política exterior alemana. Ahora ya no solo se trataba de convertirse de nuevo en una gran potencia, ahora Hitler buscaba construir un imperio en el corazón de Europa, en el que para las naciones eslavas orientales –Checoslovaquia, Polonia e incluso la URSS- tenía reservado el mismo papel que las colonias africanas o asiáticas jugaban en los imperios francés y británico.
Evidentemente a nadie se le escapaba, y menos que a nadie a Hitler, que esta política habría de abocar ineludiblemente a su nación hacia la guerra, razón por la cual comenzó a rearmar de forma clandestina al diminuto ejército alemán resultante del “Tratado de Versalles”, si bien de forma muy prudente y mientras, de cara a la opinión pública mundial, daba una imagen completamente alejada de cualquier belicismo como cuando se avino encantado a que sus representantes firmasen el “Pacto de la Cuatro Potencias” (Venecia, junio de 1933) propuesto por Mussolini y que prometía “diez años de paz” para Europa. Acababa de llegar al poder. Aún era demasiado débil.
Sin embargo, esta posición pacifista, digamos “convencional” no podía durar mucho tiempo, y efectivamente, pocos meses después, concretamente en octubre de ese mismo año, este pacto saltaba por los aires cuando Hitler decidía abandonar la Sociedad de Naciones cansado de esperar pacientemente -según él- la igualdad de derechos militares entre Alemania y el resto de potencias de su entorno que dificultaba enormemente su rearme por muy soterradamente que éste estuviese siendo llevado a cabo.
Obviamente esta decisión, junto con la inmediatamente posterior de abandonar también la conferencia de desarme en abril del 34, no fue ignorada en el resto de Europa donde comenzaron a sonar todas las alarmas, lo que por si solo debería haber bastado para amilanar al más pintado. Sin embargo Hitler contaba con la baza de la hipocresía y la propaganda, y con un dominio de las mismas que hubiese hecho sonrojarse al mismo Maquiavelo, comenzó a presentarse ante la opinión publica alemana e internacional no como el agresor sino como el agredido. Si el mundo tenía miedo a una renovada y poderosa Alemania, lo que había de hacer no era pedirle volver al redil del pacifismo “convencional”, sino entender que los auténticos pacifistas eran ahora ellos, los nuevos amos de Alemania, que aspiraban a tener un gran ejército, sí, pero mantener y garantizar la paz internacional, no como las vengativas y desconfiadas potencias vencedoras de la Gran Guerra, las corrompidas democracias occidentales. Una nueva Europa exigía un nuevo modelo de pacifismo: el suyo, naturalmente.
Puede sonar a chiste, pero el caso es que a medida que iba creciendo el ejército alemán “en la sombra”, Hitler fue ganado cada vez más adeptos entusiastas en Europa occidental. Y para aumentar aún más su prestigio, se acompañó de una serie de gestos en su día muy llamativos, como la firma en los primeros días de 1934 de un tratado de no agresión con Polonia en el que se reconocían las fronteras occidentales de la joven nación, pese a que estuviesen fijadas en gran parte sobre territorio del antiguo reino de Prusia.
Sin embargo aún había países que no podían creer en este brusco cambio. El Reino Unido, donde el nazismo no era nada bien visto por los laboristas, o Italia, que pese a las afinidades ideológicas no veía con ninguna simpatía los públicos y notorios deseos de los nazis de unir Austria a su nuevo Reich, y sin duda Francia. ¿Acaso no era éste el mismo Hitler que en “Mi lucha” había hablado de la imposible reconciliación de franceses y alemanes?.
Ante esto Hitler negaba la mayor con toda la desfachatez del mundo, insistiendo en que si algo había malo para el mundo era la guerra, destructora de las razas superiores, y si algo buscaba él, era la paz, hasta el punto de que el mismo von Papen –político conservador y “compañero de viaje” en el primer gobierno de Hitler aunque jamás un nazi- que aún en mayo de 1933 defendía que los alemanes habían de morir jóvenes, aunque él ya no fuera ningún chaval, y no escleróticos, fue conminado a cambiar su discurso para alabar la belleza de morir de viejo y rodeado de nietos y bisnietos.
¿Y “Mi lucha”?. Sí, bueno, es cierto que podía parecer un tanto radical, argumentaron desde los círculos diplomáticos nazis, pero había de comprenderse que se había escrito en prisión, en una situación muy determinada. Y, de hecho, si aún era la base de la educación nacional era por un despiste de Goebbels, nada más. Quién sabía si tal vez, con el tiempo, y alcanzada ya la igualdad entre Alemania y el resto de potencias, el mismo Hitler no podría rescribir su libro bajo el nombre de “Mi paz”. Esto último, desde luego, no lo dijeron los nazis, la broma fue de Trotsky, que desconfiaba muy mucho de las intenciones del dictador alemán, sin embargo, y pese a las suspicacias de los gobiernos, a parte de estos, fueron pocos los pensadores que, como él, dudaron en público.
Y de esos pocos, si alguno residía en Alemania y aún tenía valor para decir algo, se le internaba en un campo de concentración, o en el caso de ser muy conocido, en un hospital, como se hizo con el posteriormente Premio Nobel de la Paz de 1936 Karl von Ossietzki. Por su parte, el resto de la población mundial prefirió creer. Otra guerra mundial no podía caber en sus cabezas. Otra vez no. Si Hitler hablaba de paz, es que de verdad quería la paz. Y desde luego que en sus discursos se hartó de hablar de paz. De recuperar el prestigio de Alemania sí, de cambiar el orden de Versalles también, pero sobre todo y ante todo, de su jurado amor por la paz.
Aún así, ¿no era éste el mismo Hitler que solo un par de años atrás, aún desde la oposición, había escrito una carta a Hindemburg solicitándole que sacase a Alemania de la Sociedad de Naciones y de paso le alertaba de una inevitable nueva guerra contra los franceses?.
Y en Austria casi lo pierden todo.
Así, y pese a todas las buenas palabras de los nazis, ya tras la retirada alemana del tratado de desarme, Francia había comenzado a anunciar allí donde podía que se sentían de nuevo amenazados y que por esto mismo se consideraban en la obligación de garantizarse su propia defensa. En este clima de total desconfianza hacia los alemanes, el ministro de exteriores francés Louis Barthou, inició una vigorosa actividad diplomática a fin de ganarse a cuantos más aliados mejor. En ese momento contaban ya con la segura amistad de sus viejos camaradas de trinchera los británicos, así pues había que hacer de tripas corazón y acercarse a los fascistas italianos y a los bolcheviques soviéticos.
Por su parte Hitler no solo se había ganado ya la confianza de los polacos –a los que años más tarde, irónicamente, les daría una porcioncilla de las sobras de la desmembrada Checoslovaquia, justo antes de laminarles a sangre y fuego en 1939-, debilitando paralelamente los lazos de estos con los franceses, si no que incluso, ¡por fin!, había conseguido ser recibido por Benito Mussolini en Venecia –antes se había negado a recibirle incluso siendo ya éste canciller alemán-, aunque su reunión no resultase tan positiva como la pintaron en la época, ya que éste se negó a escuchar nada sobre el interés alemán sobre Austria.
Por otra parte, en un hecho de consumo interno pero de repercusión internacional, recién regresado de Venecia, Hitler había encabezado la “noche de los cuchillos largos”, una nimiedad comparada con las purgas del camarada Stalin, pero un auténtico lavado de cara del régimen nazi, que de la noche a la mañana –nunca mejor dicho- vio “depurados” a los elementos más “revolucionarios” del partido nazi para gran alegría de las clases medias y altas alemanas y solaz de muchos analistas extranjeros que veían en este acto un evidente giro hacia la moderación del III Reich.
Aún así, este espejismo duró poco. Como ya le había tratado de explicar Hitler en Venecia a Mussolini, el siguiente paso del programa nazi pasaba por la anexión de Austria, su país natal y en el que el partido nazi contaba con no pocos seguidores -dispuestos a obedecer sus órdenes sin dudar un segundo-, hasta el punto de que la rama austriaca de NSDAP, el SDAPÖ, había sido declarada fuera de la ley por miedo a que ganase unas futuras elecciones y solicitase acto seguido la unión al Reich.
Como ya hemos dicho arriba, ya antes de 1933 se había propuesto una unión aduanera con Austria. En ambos países, junto con Hungría, los grandes perdedores de la Gran Guerra –a los turcos les cabía la honrilla de haber derrotado inmediatamente después a los griegos recuperando parte del territorio perdido en el 18- existía una gran porción de habitantes, nazis y no nazis, partidarios de la unificación de ambas naciones, otra baza a favor de Hitler.
Sin embargo, frente a estos pros, existían dos grandes contras: uno era el canciller austriaco Dolfuss, creador del “austro-fascismo” y responsable de haber aplastado al anterior gobierno socialdemócrata austriaco, enemigo declarado de cualquier intento de unión con Alemania y amigo personal y aliado del otro gran problema de Hitler en Austria: precisamente el Duce de Italia, Benito Mussolini. Mussolini aspiraba a exportar a Austria su modelo de Estado fascista razón por la cual en Venecia no había querido atender a los argumentos nazis sobre ninguna unificación de Austria con Alemania. La cosa no pintaba nada bien.
Pero allí donde no llegaba la delicada mano de la diplomacia nazi siempre podía lanzarse la peluda zarpa de sus mamporreros y luego ya se vería, y eso fue lo que pasó. Pocas semanas después del encuentro entre los mandatarios alemán e italiano, elementos del partido nazi austriaco trataron de dar un golpe de Estado en el país alpino. Nunca llegaron a estar siquiera cerca de alcanzar sus objetivos, más, en uno de los episodios más negros de la historia austriaca, ocho matarifes nacionalsocialistas penetraron en el edificio de la cancillería y allí mismo asesinaron brutalmente a Dolfuss, después de lo cuál, incluso se tomaron el tiempo necesario para bailar sobre su cadáver.
Evidentemente a Mussolini –a quien, por cierto, no le deparaba el futuro una muerte mucho más digna- puso el grito en el cielo y, a la par que el golpe era sofocado por las propias fuerzas austriacas, él enviaba a parte de sus tropas a la frontera austroitaliana de Brennero. Evidentemente ante esta chapuza los nazis se lavaron las manos y dijeron no conocer los planes de los golpistas ni tener nada que ver con ellos. De puro milagro la cosa no pasó a mayores, pero la –dirigida- prensa italiana no dudó en señalar a Hitler como el culpable: el daño a su imagen y a las relaciones bilaterales ya estaba hecho.
Y, evidentemente, los franceses no iban a ser tan tontos como para desperdiciar esta oportunidad. Alemania se encontraba ahora y pese a todo más aislada que nunca. Sin embargo no había finalizado aún este agitado año de 1934, cuando se produjo en el mes de octubre un atentado contra el rey de Yugoslavia durante una visita suya a Marsella. El intento de magnicidio, perpetrado por fascistas croatas, no acabó con la vida del monarca pero sí con la del citado Louis Barthou, que sería sustituido por el recalcitrante conservador Pierre Laval, quien años más tarde se convertiría en la “eminencia gris” del Gobierno colaboracionista de Vichy. Desde luego aquello suponía todo un cambio en la Quai d'Orsay.
Ciertamente Francia aún no estaba bajo el yugo de Hitler y Laval, que compartía una gran afinidad con Mussolini –ahora en el cenit de su carrera política-, no hizo otra cosa que seguir los pasos de su predecesor. Sin embargo no tardó en imprimirle su sello personal, algo que posteriormente sería fatal para el futuro de los acontecimientos y las vidas de millones de inocentes.
Pero no adelantemos acontecimientos, de momento ciñámonos a los primeros pasos dados por Laval, que desde luego no fueron poca cosa, como cuando logró poner fin a las disputas coloniales entre su país e Italia permitiendo así la firma de un acuerdo en enero del 35 al que rápidamente se uniría el Reino Unido. Además, el Gobierno del que formaba parte decidía incrementar el período del servicio militar, ante lo que los alemanes optaron por reimplantar el servicio militar en su nación, conculcando flagrantemente lo estipulado en Versalles.
Prueba de que el sistema recién forjado pudo haber funcionado fue la respuesta dada de forma inmediata por el pacto tripartito entre franceses, italianos y británicos a esta decisión alemana, proclamando en la Conferencia de Stresa la absoluta inviolabilidad de la integridad nacional austriaca así como su firme determinación de llegar a emplear la fuerza si fuere necesario a fin de mantener el orden de “Versalles”. Todo un aviso.
Para colmo de males para los nazis, la hasta esa fecha aislada Unión Soviética, temerosa del rearme de Alemania, su enemigo histórico y ahora también político, decidió cambiar su táctica y la de sus satelizados partidos comunistas occidentales. Por una parte, Stalin decidió en septiembre de 1934 que la URSS entrase a formar parte de la Sociedad de Naciones, por otra, a los comunistas de occidente se les animó para que se uniesen a la denostada izquierda burguesa en “Frentes Populares” que frenasen la amenaza nazi y fascista.
Un serie de pequeños cambios que llevaron a una gran catástrofe
Sin embargo el principio del fin de esta política de aislamiento de la Alemania nazi ya había sido sembrado y podemos empezar a vislumbrarlo en el siguiente mes de mayo de 1935, irónicamente cuando se firmaba un pacto franco-soviético con el que Laval culminaba las negociaciones emprendidas por su predecesor.
Y es que, si bien Laval concluyó la obra de Barthou poniendo su firma junto a la de sus aborrecidos, y ahora aliados, enemigos bolcheviques, supo darle su toque personal al acuerdo. Así, aunque acordó con ellos la ayuda mutua en caso de agresión no provocada, se negó a añadir una convención militar, como proponían los soviéticos, que hubiera dado mucho mayor vigor al pacto.
La historia no ha sido muy piadosa en su veredicto a Laval, quien de todas maneras no fue ejecutado por fracasar en su ya casi cerrado cinturón sanitario a la Alemania nazi, sino por haber colaborado con ellos tras la ocupación de su patria. ¿Tal vez hubiese sido mejor que por aislar a Hitler los occidentales hubiesen entregado a Stalin toda Europa oriental para que sobre ella propagase su influencia?. ¿Acaso no fue Stalin tan genocida -incluso con los judíos a quienes tenía pensado deportar en masa a Siberia como ya había hecho antes con los tártaros o los chechenos, decisión que solo su muerte impidió- como Hitler?. ¿Hubiese renunciado Stalin a invadir Polonia o Rumania o Alemania, gobernados por regímenes fascistas?. Esas son preguntas que nunca podremos responder. Sin embargo, lo que sí sabemos es que, la tibia postura francesa ante la URSS le permitió a Hitler firmar el pacto Ribbentrop-Mólotov que le dejaría las manos libres para invadir Polonia y dar así inicio a la Segunda Guerra Mundial.
Aún así no solo Laval tuvo la culpa, y no solo sobre él podemos cargar las tintas. Tampoco los británicos demostraron tener una gran amplitud de miras cuando ya ese mismo mes de mayo firmaron contra todo pronóstico un acuerdo naval con Alemania por el que permitían a Hitler contar con una armada de guerra siempre que no superase en un 35% a la británica. Huelga decir que Hitler se pasó ese porcentaje por la Puerta de Brandemburgo.
A muchos kilómetros de allí
Sin embargo, la herida mortal que acabaría matando esta unión antinazi se produjo a muchos kilómetros de distancia de las capitales europeas, concretamente en un paraje de la frontera entre la Somalia italiana y el Reino de Etiopía allá por el mes de diciembre de 1935 cuando una fuerza de 150 etíopes entró en combate contra una guarnición de 50 italianos.
Los italianos en general y Mussolini en particular le tenían muchas ganas al país africano, que no hacía muchos años les había infringido una de las más humillantes derrotas militares de su historia. Desde la llegada de los fascistas a Roma, los choques fronterizos entre ambos ejércitos habían sido constantes y la Sociedad de Naciones solo había sabido aportar su completa inoperancia para evitar la guerra. Y en este último episodio, la gota que definitivamente colmó el vaso, el papel de la organización predecesora de la ONU fue tan patético que nadie hizo ningún esfuerzo por resucitarla posteriormente.
Sin embargo, frente a la incompetencia de la Sociedad de Naciones a Mussolini se le opuso el gobierno francés y sobre todo el británico, cada vez más harto de los escasos efectos de su política de apaciguamiento. Las precauciones tomadas por el Duce, quien no quería ni imaginar un segundo desastre etíope, lo que trató de evitar enviando al triple de soldados que le solicitaban sus comandantes o empleando toda una suerte de panoplia de armas químicas contra el desarrapado ejército etíope, aún enfadaron más a sus socios de Stressa.
El resultado final de todo esto ya lo conocemos todos: Mussolini pese a todo invadió Etiopía, los franceses y británicos no intervinieron a favor de la nación africana pero sí se distanciaron de los italianos, y en este río revuelto, los pacíficos alemanes, que había conseguido aguantar aislados durante dos años, supieron pescar la amistad del Duce, que a partir de este momento no solo empezaría a verse eclipsado por el líder alemán, sino que vería trágicamente ligado su futuro a la suerte del mismo.
Pero eso ya es otra historia.

9 comentarios:
Realmente interesante. Por cierto, que a este pseudopacifismo, se le une ese presunto "Europeismo" del que alardean tanto en las paginas pronazis de la actualidad.
Si es que es la leche...
Es como lo del nombre de los estados comunistas, republica democratica alemana y tal...
Sí, fue la tregua trampa de los treinta, no hay duda
No debería leer esto... Es retorcidamente maquiavélico. Entre, mire y ya me contará:
http://www.personal.able.es/cm.perez/Extracto_de_EL_ARTE_DE_LA_VENTAJA.pdf
Mas sobre estos temas en
http://www.personal.able.es/cm.perez/
Carolus, solo quiero que sepas que he recibido tu mensaje y que he empezado a leerme el primero de los enlaces, y que me parece muy interesante, algo así como Sun Tzu aplicado al mundo ("pacifico") moderno.
En cuanto me lea ambos te doy una respuesta documentada, porque me da la impresión de que lo merece.
Muchas gracias por los enlaces.
Por cierto, ¿estoy muy equivocado cuando pienso que Carlos y Carolus son la misma persona?
Sea como fuere, bienvenido al club de los 8 visitantes que dejáis comentarios. ¡Formas parte de una élite o elite dentro de los 50 visitantes de este blog!
Jajajaja
hola me paree muy bueno el tema
diculpa donde puedo sacar mas informcion sobre este tema
disculpa la ortgrafia el teclado esta malo
donde puedo obtner mas informacion ya que me parece que exite un país en sudamerica que esta usando esta propaganda osea dice de paz y se arma
Hola Asward, perdona que no me identifique, pero soy el autor del artículo.
Sobre la SGM y el nazismo el problema no es encotrar bibliografía, sino saber encontrar de entre toda la que sea buena, porque hay mucho escrito pero no todo es de calidad.
Tal vez para conocer por encima esta primera época del nazismo te recomiendo que leas la biografía de Hitler de Ian Kershaw
¿Te refieres aun país gobernado por un golpista fracasado que luego ganó unas elecciones y que ha tratado de perpetuarse en el poder y hacer una "robolución" desde arriba como hizo Hitler?
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