Dayana Mendoza, ¿muy bella o muy bestia?


Años atrás le preguntaron a una cotizada actriz de cine pornográfico cómo podía ser tan famosa –en el mundillo, se entiende- siendo como era tan mala actriz, ya que, por lo visto –yo no lo sé, hablo de oídas, claro- la tipa gesticulaba mucho, siempre ponían cara de viciosa ya interpretase a una enfermera o a una monja, y los pocos diálogos que le daban, más que nada para llenar esos breves momentos en los que su boca no estaba ocupada en otros menesteres, los resolvía de tres olímpicas patadas. La respuesta fue concisa pero asaz esclarecedora: “porque no me pagan precisamente por interpretar”. Y así era.
Reconozco que una película porno interpretada por actores fogueados en Calderón o Shakespeare puede ser algo trepidante. En fin, imaginaos el típico “hola, doctora, me duele el paquete”; “te lo como todo”; “vale, si insiste”, mutado en un glorioso: “Ah, luz de élficas reverberaciones. ¿Acaso puede haber en este mundo beldad comparable a la que tu simple silueta destila en una noche de luna llena?”; “Tal vez, amado mío, más acompañadme al lecho y permitidme libar hasta la última gota de vuestro ser”; “Sea, pardiez, si insistís”. Y toda esta conversación reforzada por un juego de miradas abrasadoramente apasionadas.
Una, la primera, podría tener su gracia, dos ya empezarían a aburrir y a la quinta, el usuario medio de este tipo de género se saltaría ágilmente los diálogos para pasar al momento en el que la chica comenzase a hacerle al chico un monólogo en francés a la espera de que un amigo del afortunado pasase por ahí y se apunte a dar unas lecciones de griego a diestro y siniestro, ante los ojos más que turbados de dos amigas de su esposa.

Y es que, al final, al que paga por ver tiros en el cine, lo que le gusta es precisamente eso, ver tiros, y si hay algo de sexo, pues mejor, pero sobre todo que haya tiros, al que paga por ver carreras de coches, idem, y al que paga por ver una emulsión de sexo sazonada con algo de sexo y un extra de fuertes dosis de sexo, pues lo que le gusta es que haya, como poco, sexo.
Bueno, pues salvando las distancias, con las modelos y las mises pasa tres cuartas de lo mismo, que nadie les contrata, les elige o les corona nada por ser más sabias que Hipatia de Alejandría –que, por cierto, se dice que también estaba como un tren- sino por ser guapas. A las modelos por ser guapas y saber andar por la pasarela con el estilo necesario para que los trapos que a veces les obligan a ponerse parezcan algo vendible, y a las mises para que sepan llevar un traje de baño con la misma cara de absoluta naturalidad con la que yo ando por casa con eslip –odio jurado les tengo a los calzoncillos- en el glorioso caso de que los encuentre al despertar.
Y si luego son listas, pues mejor que mejor, esos buenos contratos que sabrán firmar para asegurarse un pellizquito que les sostenga el día que sus curvas de vértigo se vuelvan un vértigo de pendientes y su cinturita de avispa tórnese en cinturón de hierro. Pero si no lo son, y como parece muy improbable que en medio de un desfile nadie les vaya a preguntar por su presencia de ánimo ante la posibilidad de que un espontáneo quásar pueda provocar el nacimiento de una galaxia en aguas del Mar de Barents, y sobre todo, que de su respuesta vaya a depender la venta o no del vestido que señorea o, al menos, que sus conocimientos al respecto vayan a hacer cambiar de opinión al quásar de turno, no veo que deba tener la menor importancia su acervo cultural aunque este sea comparable al de nuestra ministra de Fomento.
Así pues, que a nadie le extrañe ni le ofenda si una ex miss Venezuela va por ahí diciendo que Guantánamo es muy interesante con esas aguas “taaan hermosas” y esos perros “tan lindos”. Que oyes, igual resulta que además lo son, que para gustos están los colores. ¿Y qué esperaban que dijese?. Que tomase partido a favor o en contra para recibir las tortas en su deliciosa mejilla derecha o en su no menos deliciosa y besuqueable mejilla izquierda. ¿Para qué?.
Tengamos presente además, que a fin de cuentas lo que ha hecho esta buena chica es dar una apreciación estética personal e intransferible sobre el agua o los perros. De las celdas, que ya es un tema más espinoso, dijo que eran “interesantes”, que no me parece ninguna mala respuesta. Oyes, que aquí, en España, mucho nos descojonaremos de las respuestas de esta pobre moza, pero hemos votado -y no una, sino dos veces- a un garrulo que no se levantó al paso de la bandera de los EE.UU., que objetivamente es una respuesta mucho menos diplomática.
Además, y qué si lo dijo. Eso les pasa a los periodistas por preguntar. ¿Acaso van donde la ministra de Igualdad a preguntarle qué hace para mantener su cursi terso?. ¿Acaso le preguntan a la ministra Portavoz si prefiere un trapito de “Cuchufuá” o de “Mirienninini”, cuando por todos es conocido que sus conocimientos sobre la alta costura no tienen nada que envidiar a los de Coco Chanel?. Machistas, fascistas, xenófobos, les llamarían. Hombre, ir con esas a la pobre ministra. ¡Coño!, pero una modelo debe saber de eso y además tener el don de gentes de un Alto Comisario de la ONU, ¿no?.
Mucha malicia es lo que hay. Y mucho escocido con la belleza ajena. Y ante esto, desde este púlpito no puedo sino dejar constancia de mi solidaridad a sangre y fuego con la encantadora señorita Dayana Mendoza, a quien de muy buena gana nombraría madrina de honor de este blog que tanto bien le desea.
Aupa tú, Dayana!!

3 comentarios:

Andrés Álvarez Fernández dijo...

Siendo claros;

"¡Qué buena está la jodida!"

Un post muy divertido.

Saludos.

nika dijo...

Se ve que esta chica también "tiene la cabeza que tiene", sólo que ella sí se puede permitir el lujo de tenerla. A mí, mientras la respuesta de una Miss no sea la manida "tengo ansias infinitas de Paz..." ¡Ah, no! ¡coñe! Que ésa no es la de las mises... :-P

saludos

Yo, Yuste dijo...

¿Guapa?. Pues no me había fijado, mira tú.
Yo lo único que sé es que ahora, cada vez que entro en mi blog me entra una alegría que no veas. Casi estoy por ponerla de cabecera.