skip to main |
skip to sidebar
Piotr Nikolaevich Grekov nunca terminó de creerse las promesas que en su día le hicieran unos emisarios alemanes e italianos de que crearían para él y su gente un Estado cosaco en el norte de Italia, donde podrían vivir libres de las represalias de Stalin. En el mejor de los casos, si las tropas del Eje resultaban finalmente vencedoras, las represalias de Stalin ya no serían ningún problema, y en el peor, si perdían, ni Carnia estaría lo suficientemente lejos ni él viviría lo suficiente como para comprobarlo. O eso pensaba en ese momento.
Además, tampoco era cosa de darle muchas vueltas. De hecho ninguna. ¿Qué otra opción tenía?. Desde que los bolcheviques se habían hecho con el poder, hasta la palabra “cosaco” había sido prohibida. Sus padres, fervorosos partidarios del efímero Estado Cosaco fueron fusilados, y sus abuelos antes, enrolados en las filas rusas blancas, habían caído en combate.
De hecho, tanto a él como a sus amigos y vecinos les sorprendía mucho no haber sido ya enviados a Siberia como tantos otros. Sabía que tras la invasión alemana Stalin había llamado a sus antiguos enemigos cosacos para que lucharan contra los nazis, y que muchos habían aceptado, pero dudaba que ninguno de ellos fuera de los suyos. Su gente no. Su gente había combatido con uñas y dientes contra el comunismo, al que, bromeaban, habían llegado a odiar tanto como a los judíos.
Resulta curioso como un pueblo tan singularmente abierto como el cosaco podía anidar odios tan viscerales, pero así era. Por una parte, cualquiera podía convertirse en cosaco, tan solo con que cumpliese una única condición: creer en Cristo, y así era normal ver entre los cosacos a descendientes de serbios, alemanes o como era el caso de su familia, griegos. Por otra en cambio, llevaban siglos siendo el martillo y el yunque de los Zares contra los judíos, protagonizando algunos de los pogromos más salvajes que se recuerden.
En este sentido, y aunque había oído que Stalin en sus tiempos mozos había estado muy unido a la Iglesia, el comunismo para él no era más que una extensión de ese mismo enemigo. Un solo demonio, pensaba, con distintos nombres. Y tal vez por eso, cuando las líneas alemanas se acercaron a su tierra de forma vertiginosamente rápida se lanzó junto con sus amigos a degollar a los pocos comisarios y demás funcionarios que el Estado y el Partido tenía diseminados por la región.
Así, cuando los nazis llegaron, y aunque no le hubiesen ofrecido nada, ya había decidido porque bando tomaría partido. Y por su honor que lo hizo.
Siendo como eran expertos jinetes, el Alto Mando alemán decidió emplearlos como fuerzas de reconocimiento en la zona del Cáucaso, en el “teatro de operaciones Rostov-Krasnodar” como se le llamaba, dónde a pesar de la dureza de los combates, no sufrieron nada parecido a los que unos kilómetros más al norte habían de soportar en Stalingrado. Es más, al principio fue una guerra “cómoda”.
Los jerarcas nazis sentían simpatía por ellos y por su antisemitismo, así pues, aunque no les consideraban “arios”, tampoco les tenían por unos “simples” eslavos. Por esto mismo, nunca fueron empeñados como carne de cañón, sino como tropas “especiales” con un cometido muy concreto. Su labor consistía en detectar posibles concentraciones de tropas soviéticas o focos de resistencia, avisar a los blindados o a la Luftwaffe y dejarles a ellos el trabajo, después les llegaba de nuevo su turno para comprobar que el objetivo hubiese sido destruido y vuelta a empezar unos kilómetros más adelante.
Sin embargo la guerra fue paulatinamente cambiando de rumbo, y ellos, hasta ahora avanzadillas, pasaron a tener que encargarse de cubrir la retirada de los alemanes. Primero por el sur de Ucrania, luego hasta la frontera con Hungría, luego hasta Austria. Durante dos largos años él y su división recorrieron casi media Europa tras la retaguardia de aquellos que habían ido a “liberarles”.
Al principio la retirada era algo ordenado, muy germánico, parecía que en cuanto cambiasen las tornas volverían a avanzar igual que antes, pero poco a poco las cosas fueron empeorando. Tal vez la batalla de Kursk marcó el punto de inflexión definitivo, o tal vez tras aquella derrota dejó de hacer tanto caso a la propaganda alemana.
Sea como fuere, en mayo de 1945 se encontraba en las cercanías de Viena junto con los restos de su regimiento. Ahora de lo que se trataba era de huir de los soviéticos. Había oído por boca de un oficial de las SS tan preocupado por ocultarse como ellos o más, que muchos de sus paisanos se habían logrado entregar al ejército británico. Aún no sabían que, en la Conferencia de Yalta, británicos y estadounidenses habían dejado las manos libres a Stalin en lo referente a los cosacos. Todos aquellos desgraciados fueron al punto entregados a los soviéticos, que les aplicaron el trato que reservaban para con los traidores.
Tan solo una casualidad les salvó de seguir su mismo destino. En Viena residía un cónsul español que, se decía, estaba proporcionando documentos españoles falsos. Más bien todo parecía uno más de los muchos rumores que circulaban por aquellos días, pero nada les impedía comprobarlo, así que se pusieron en contacto con este hombre.
Y efectivamente, para su gran sorpresa, comprobaron que la historia era cierta.
Jacinto Revilla y Arzo, cónsul español en Viena, era un tipo de lo más curioso. Hacia 1940 se había visto en un brete de tener que abandonar la ciudad y el Reich cuando fue “discretamente presionado” por dos agentes de la GESTAPO que no veían con ningunos buenos ojos la prodigalidad con la que la delegación otorgaba documentos a judíos de supuesto origen sefardita. Aún así había logrado continuar en su puesto, y aunque de forma más discreta, continuar salvando la vida a decenas de judíos austriacos. Sin embargo, por alguna extraña razón, cuando el curso de la guerra cambió, no tuvo tampoco el menor inconveniente en facilitar esos mismos documentos a diversos oficiales nazis.
Aún así, el caso de los cosacos, por entonces unos ciento cincuenta, era sensiblemente diferente, ya que en ningún caso se trataba de oficiales y para colmo eran grupo muy numeroso. Más, al tratarse de ciudadanos de la URSS, víctimas del comunismo a ojos de las autoridades españolas, consiguió sin grandes problemas facilitarles una documentación falsa a todos ellos. Grekov, por ejemplo, pasó a llamarse Eduardo González, nombre que aún diez años después sería incapaz de pronunciar correctamente.
De Viena, vía ferrocarril, viajaron a través de Suiza hasta Génova. España no era bien vista por los aliados, y un grupo tan numeroso era normal que despertase sospechas, pero tanto en Suiza como en Italia sobraban personas dispuestas a hacer la vista gorda. Ya en Génova tomaron el buque “Virgen del Carmen” y casi dos meses después del suicidio de Hitler en su bunker berlinés, arribaban a Barcelona.
España era un destino seguro, aunque solo a medias. Algunos de ellos, Grekov entre otros, abrigaron la idea de huir a Argentina desde allí. No contaban con mucha información, pero temían que Franco, quien también había mandado tropas a la URSS -aunque ellos no habían coincidido con ninguno de aquellos soldados-, fuese el siguiente en caer.
Sin embargo no contaban con los medios para volver a huir, y su entrada en España, aunque discreta, había llegado ya a oídos de los militares del país, captando especialmente la atención de uno de ellos, el coronel de caballería Luis Artajona, destinado en Zaragoza, quien sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, partió con destino a Barcelona para conocer a aquellos hombres.
Localizarlos no le fue muy difícil. Aquellos ciento cincuenta “rusos”, como ya se les conocía para mayor mortificación de Grekov y sus camaradas, se habían convertido en un secreto a voces, como los enormes aviones alemanes que meses atrás habían aterrizado día sí y día también en el aeropuerto repletos de documentos secretos y aún más secretos pasajeros.
No es fácil imaginar la cara que se les pudo quedar a los cosacos cuando, más por gestos que en ningún idioma, el coronel les propuso quedarse en España y formar una unidad del ejército español. Seguramente una muy similar a la que se le debió de quedar a sus mandos cuando, ya sí en castellano, les comunicó su idea una vez había obtenido el sí de los otros.
Lo normal es que todo hubiese quedado allí, pero Luis Artajona no era tonto y en aquella España llena de “franquitos”, sabía muy bien a que puertas llamar para lograr su objetivo, y así lo hizo. Dos meses después, en una ceremonia discreta aunque pública, quedaba formada la “I Bandera de Cosacos del Ebro” con base en el zaragozano cuartel de caballería de San Hermenegildo y luciendo unos uniformes muy similares a los que habían vestido en el ejército alemán.
Su labor fue más bien decorativa. En realidad era una puya en la espalda del enemigo soviético, aunque, eso sí, discreta, que tampoco estaba el horno para bollos ni para grandes bravatas. Aún así, lograron su objetivo, ya que, como sabemos desde que en 1995 se desclasificaran ciertos documentos de la época, las autoridades soviéticas se pusieron en contacto con el Gobierno de España -a través del embajador inglés- para exigir la entrega inmediata de aquellos hombres.
Por estos mismos documentos sabemos cuál fue la respuesta española: exigir que antes se devolviese el famoso “oro de Moscú”. Desconocemos si la cosa fue más allá porque no hay más documentos, o si los hubo fueron destruidos, aunque el historiador Tristán Felipe sostiene que los soviéticos mandaron una detallada lista de todas las armas que el Gobierno Republicano había comprado con ese dinero, a la cual los funcionarios españoles respondieron con una lista no menos larga de las tropelías, reales o inventadas, cometidas por los soldados republicanos y de las Brigadas Internacionales contra bienes culturales españoles durante la guerra.
Lo cierto es que, ni Grekov ni ninguno de sus compañeros hubieron de temer más por su seguridad permaneciendo en activo dentro del Arma de Caballería durante los años siguientes. Después, a medida que sus miembros fueron envejeciendo, se decidió no suplirlos por otros españoles, sino dejar que la unidad fuese desapareciendo. Tal vez, es posible, debido a que los tiempos habían cambiado, y los nuevos aliados de Franco, los EE.UU. no tenían humor para unidades de este calibre por muy anticomunistas que fueran.
Y así, en febrero de 1956 se dio por disuelta la “bandera”, enviando a sus últimos treinta miembros a otras unidades y dejando para la historia tan solo unas cuantas fotografías, un exvoto con el emblema de la unidad –un caballo blanco al galope sobre fondo verde- en la iglesia de San José de Zaragoza y unas cuantas familias aragonesas con apellidos cosacos, pues algunos prefirieron “recuperar” sus viejos nombres al cabo de unos años. Esto y una curiosa anécdota.
Y es que, según su primo y cronista Francisco Franco Salgado-Araujo, cuando Franco se vio obligado por sus enfrentamientos con Marruecos a renunciar a su “Guardia Mora” al año siguiente, lamentó en más de una ocasión que ya no quedasen a penas en activo ninguno de aquellos “bravos jinetes cosacos que tan valientemente habían sabido sobrellevar los designios que la Divina Providencia tiene reservada para los pobrecitos rusos”.
Lo cierto es que tan solo él afirma haberle oído tales palabras, pero no deja de ser divertido imaginar a Franco en su coche oficial escoltado por dos docenas de Cosacos. Cosacos del Ebro, ni más ni menos.
Leer más...
Gangi era un poblado aislado entre las montañas sicilianas que en aquellos primeros días de enero de 1926 estaban completamente nevadas. Sin embargo, no sería ni por este “marco incomparable”, ni por los ladrones de ganado que acogía en su seno, ni siquiera por el peso que estos –la mafia a fin de cuentas- habían ganado en el municipio, hasta el punto de llegar a obligar al alcalde a renunciar a una subvención para llevar el alumbrado público a sus calles “por seguridad”, ya que según ellos no había nada más seguro que una calle oscura, por lo que este pueblo se hizo célebremente famoso.
Muy al contrario, y muy a pesar de muchos de sus paisanos, por lo que se dio a conocer fue porque el recientemente nombrado prefecto Mori –“el prefecto de hierro” o “el hombre con pelo en el corazón” como se le conocía ya- lo eligió como el primer gran objetivo de su campaña antimafiosa. Un golpe más teatral que meditado, pero que puso en juego a todas las fuerzas que el Estado fascista le pudo proporcionar.
Así, mientras efectivos de la policía y camisas negras ascendían hacia el pueblo, tanques ligeros y camiones sellaban todas las rutas de acceso, mientras los tendidos de teléfonos y telégrafos también eran cortados. Y a la par que se aislaba a la localidad, carabineros y policía arrestaba a toro el que fuera sospechoso.
Gangi estaba preparado para una pequeña incursión policial, pero aquello iba mucho más allá. Un hombre del pueblo había construido habitaciones falsas en muchas viviendas en donde podían ocultarse momentáneamente los delincuentes perseguidos, pero Mori no tenía ni la más mínima intención de estar allí "momentáneamente", sino todo lo contrario: sus hombres ocuparon una por una todas las casas esperando a que los sospechosos se fueran rindiendo. Se rumoreaba además que no solo ocupaban sino que en más de una ocasión abusaron de las moradoras de las mismas, familiares de esos mismos mafiosos.
Poco a poco la situación se hizo insostenible para éstos, y en poco tiempo fueron entregándose uno por uno. El primero de ellos, un hombre de más de sesenta años y digno aspecto aderezado con una barba patriarcal, Gaetano Farrarello podía ser un buen ejemplo de quienes eran los perseguidos: él llevaba media vida huyendo de la justicia tras asesinar a su esposa y el amante de ésta y cometer luego diversos robos. Días después “se suicidaba” al tirarse en comisaría por el hueco de unas escaleras.
Y por si alguno aún se mostraba reticente, se confiscó el ganado de la gente, se sacrificó a las mejores piezas, se tomaron niños y mujeres como rehenes y se obligó al pregonero a cantar la siguiente proclama de Mori:
“Ordeno a todos los fugitivos de la justicia en este territorio que se entreguen en el plazo de doce horas desde el momento en que se lea este ultimátum. Una vez haya expirado el plazo, se tomaran las medidas más severas contra sus familias, sus posesiones y cualquiera que les ayude de la manera que sea”.
Hablar de derechos individuales o presunción de inocencia en una dictadura totalitaria como era la Italia fascista de Mussolini –u hoy día lo puede ser la Cuba de los Castro- es poco menos que irrisorio, aún así, las tácticas de Mori sorprendieron a todos por su crudeza, aunque lejos de provocar la ira de las altas instancia del Estado, fueron recibidas con el máximo alborozo. La prensa fascista hizo el resto: había surgido el mito.
Sin embargo Mori fue un mito con pies de barro, como lo fue su política antimafiosa, aún hoy estúpidamente alabada por los hagiógrafos de Mussolini. En primer lugar Mori creía conocer la mentalidad siciliana, es más, presumía de conocerla, cuando el concepto que tenía de ésta era absurdamente reduccionista, muy similar al que podían tener los “conocedores” británicos de la mentalidad hindú: “Pude penetrar en la mentalidad siciliana. Y encontré que esa mente, bajo las dolorosas cicatrices que le han dejado siglos de tiranía y opresión, a menudo era infantil, sencilla y amable, apta para teñirlo todo de generosos sentimientos…”.
Tampoco sus tácticas eran las más sensatas, ya que al comportase como un mafioso él también, legitimaba la violencia de los mafiosos. Es más, para colmo desvirtuaba el término mafioso –y por tanto dificultaba aún más el diagnóstico certero- al emplearlo para atacar a todos sus rivales, fueran o no mafiosos, dándose el caso de que llegó a acusar al líder de los camisas negras de Palermo de mafioso.
Pero tal vez su error más sangrante y a la larga el que le costaría más caro a él y a Italia fue su estrechez de miras respecto a lo que realmente era la mafia. Mori nunca quiso creer que la mafia era una organización criminal. Para él los mafiosos eran delincuentes, sí, pero que nada tenían en común los unos con los otros salvo algún que otro vínculo de simpatía “profesional”. Para él no había diferencia entre los ladrones de Milán y los de Sicilia, salvo que en Sicilia pudiesen ser más numerosos.
Partiendo de estos preceptos tan peregrinos, y pese a que dispuso del recurso ilimitado de la violencia y la represión, su lucha se convirtió en una caza de mafiosos -que obviamente dañó a la propia mafia en su conjunto- pero nunca en un ataque frontal contra ésta como organización criminal, por lo que sus estructuras permanecieron intactas y tan solo aletargadas durante sus campañas policiales.
Aún así, a Gangi le sucedieron otros notables éxitos a corto plazo: al famoso mafioso Vito Cascio-Ferro, quien había llegado a dar el salto criminal a los EE.UU. y había amasado una pequeña fortuna contrabandeando con ganado, lo detuvo en una redada y consiguió que le condensasen a cadena perpetua por un crimen del pasado. O como cuando, partiendo del simple robo de un asno, lograron incriminar al político y abogado defensor Antonino Ortoleva –que acabaría “suicidándose” en su celda en vísperas del juicio- por una trama de contrabando de ganado robado.
Sin embargo también miles de sicilianos inocentes fueron igualmente arrestados y llevados a juicio, con lo que, pese a la intensa campaña propagandista desatada para justificar estos actos, se acabó viendo a Mori y al Estado como otros mafiosos más, y no como una solución a nada.
Aún así, los miles de detenidos lucían bien en las portadas, parecía que algo se hacía y que se hacía bien. Al menos hasta que en el verano de 1929 las tornas cambiaron en Roma y Mori perdió los pocos apoyos con que contaba en la cúpula fascista. Sin más preámbulos ni honores fue relevado de su cargo, pasando a una especie de nuevo ostracismo que empleó en escribir sus memorias. En 1942, cuando le sobrevino la muerte, fue enterrado sin mayores honores. Bien es cierto que tampoco estaba Italia por esos años para grandes zarandajas.
Aparentemente moría habiendo convertido Sicilia en un remanso de paz, solaz de gentes de bien. Nada más lejos de la realidad: los crímenes continuaron y la mafia prosiguió cometiendo los mismos delitos, solo que ahora la prensa fascista, en lugar de resaltarlos para azuzar una nueva campaña, los acallaba. El enemigo había sido derrotado, así que ahora al fascismo le convenía que "no existiese" aunque estuviese vivito y coleando.
Un par de años después de su fallecimiento llegarían las fuerzas aliadas a las costas de Sicilia. Evidentemente de los fascistas poca colaboración esperaban encontrar, sin embargo, un grupo fuertemente unido e implantado en el tejido social siciliano se mostró muy dispuesto a servirles con fidelidad. La vieja mafia atosigada pero nunca derrotada por Mori y sus hombres de nuevo levantaba cabeza, ahora con más fuerza aún.
Una cabeza que solo casi medio siglo después se atreverían a cortar hombres como Borsellino o Falcone. Y esto a costa de sus propias vidas. Aún con todo, estos dos hombres valientes y todos los que les ayudaron demostraron a las claras que una democracia dispuesta a luchar es siempre mucho más fuerte y efectiva que cualquier banda de gerifaltes y matones fascistas.
Ahora claro, como en España con la mafia etarra, lo primero que hace falta es tener voluntad. Así les ha ido a ellos y así a nosotros.
Para escribir estos artículos, además de en las fuentes habituales -wikipedia, etc...- me he basado en el fantástico libro "Cosa nostra" del británico Jon Dickie, editado por debate y cuya lectura recomiendo encarecidamente.
Leer más...
Woodrow Wilson, el vigésimo octavo Presidente de los EE.UU., odiaba con todas sus fuerzas la guerra y las alianzas diplomáticas secretas que habían abocado a los europeos a la Primera Guerra Mundial. Él era un hombre de paz, que antes de dirigir a su nación había presidido una universidad, la de Princetown, a la que en el plazo de ocho años –de 1902 a 1910- había elevado al puesto de honor en el panorama universitario internacional que hoy día aún ocupa. Las cifras de bajas que cada mes arrojaban los campos de batalla europeos entre 1914 y 1917 no sirvieron más que para afianzar estas convicciones.
Efectivamente fue durante su presidencia cuando los EE.UU. entraron en la Gran Guerra, eso sí, tras haber capeado antes el trágico asunto del hundimiento del Lusitania por parte de un submarino alemán en 1915 y solo cuando se descubrió que los alemanes habían tentado a México con su apoyo militar si estos invadían a su vecino del norte en caso de que éstos les declarasen la guerra.
Por tanto, aunque pacifista en guerra, Wilson, como millares de hombres de su generación, se resignó a entrar en aquella carnicería con la esperanza de que fuera la última, “la guerra que acabaría con todas las guerras”, tras la cuál surgiría un mundo mejor, edificado sobre unos principios nuevos y más justos. Hoy día sabemos que todo esto eran ensoñaciones utópicas, pero en aquellos años, la catástrofe desatada en aquella guerra con sus matanzas, sus armas químicas y sus trincheras parecía un auténtico punto de inflexión en la historia de la humanidad.
Por esto, y consecuente con sus principios, Wilson defendió que tras la guerra debería venir una paz sin venganzas. Sí con contrapartidas, pero nada comparado con las paces anteriores que solo había servido para provocar guerras aún más salvajes, como la que se firmó al final de la guerra Franco-prusiana, en parte, unos de los grandes precipitantes del Apocalipsis del 14.
Pero Wilson, aunque era un hombre extremadamente cultivado, vivía en América, y como a casi todos sus vecinos de continente, los problemas de la “vieja Europa”, además de aburrirle le producían una mortificante sensación de hastío. A fin de cuentas, ellos, los americanos, ya fueran de los EE.UU o de Chile habían huido de aquellas casas reales, de aquellos imperios decrépitos y de aquel oscurantismo reinante. Ellos eran el nuevo mundo, con todo lo que ello significaba.
Así pues, cuando en una ocasión invitó a la Casa Blanca al pianista polaco Ignacy Jan Paderewski –que se encontraba en su país dando una serie de conciertos en pro de la causa polaca- y éste, tras darle un fantástico recital, le habló de la sangrante situación de su Polonia natal, dividida desde hacía décadas entre prusianos, austriacos y rusos, Wilson se mostró realmente sorprendido con aquella historia. Tras ese día, Polonia pasó a formar también parte de su agenda, de sus objetivos.
Sin embargo, una cosa es el interés que Wilson empezó a sentir por la causa polaca, y otra muy diferente –pero mucho, mucho- es que nunca tuviera el más mínimo interés en nada parecido a plantearse el derecho de autodeterminación de ningún pueblo como insisten machaconamente desde el nacionalismo, por ejemplo, vasco y sus organizaciones político-intelectuales como la Fundación Sabino Arana.
Efectivamente, cuando Wilson plasmó en sus famosos “Catorce puntos” todos sus ideales de paz, armonía internacional y, su recientemente abrazada simpatía por la causa polaca, también apostó por que otros grupos étnicos europeos pudiesen aspirar a la independencia de sus viejos Estados. Eso sí, tan solo los polacos –y estos solo en parte- pertenecían a una nación aliada de los EE.UU., Rusia, ya por aquel inmersa en la guerra civil que llevaría a los comunistas al poder.
El resto de naciones a las que se le “concedió” el derecho a serlo habían formado parte de los imperios Austrohúngaro y Otomano. Así, checos, croatas o eslovenos –aunque estos dos últimos dentro de Yugoslavia- sí vieron colmados sus anhelos independentistas, mientras vascos o catalanes se quedaban con las ganas.
La excusa que ponen hoy día los nacionalistas, personajes como Iñaki Anasagasti por ejemplo, es que no habían sufrido la guerra. Esto es cierto solo en parte. Es más que posible que si España hubiese tomado parte por las potencias centrales hubiese recibido un trato similar al de los austriacos, sin embargo, de haberse decidido por el bando aliado, vascos y catalanes hubieran visto satisfechos sus sueños separatistas en la misma medida en que los vieron cumplidos los corsos franceses o los flamencos belgas. Si eso es el derecho de autodeterminación de los pueblos, yo soy un famoso alpinista noruego de vacaciones en la Costa del Sol.
Pero es que no acaba aquí la cosa. Para colmo, este derecho selectivo de autodeterminación solo se aplicó a grupos étnicos blancos. Sirios, jordanos, y demás pueblos pertenecientes al Imperio Otomano, pasaron de ser esbirros de la Gran Puerta a serlo de París o Londres. Magnifico cambio, observaréis.
Y con todo y esto, aún no he contado lo más triste. Y es que, partiendo de la base de que lo que algunos tratan de vender como los principios fundacionales del “derecho de autodeterminación de los pueblos” solo se aplicó al final a un puñado de europeos, encima éstos pocos se partieron la cara esgrimiendo los mismos argumentos.
¿Por qué?. Pues porque como he dicho mil veces, el concepto “pueblo” es una gilipollada como la copa de un pino. Y si encima se mezcla de nacionalismo, es un cóctel la mar de explosivo.
Nadie dudaba de que los polacos no eran iguales a los rusos, los alemanes o los austriacos. Ahora bien, hasta dónde debería llegar la nueva Polonia. En la Edad Media había abarcado el territorio que se extiende desde el Báltico hasta el Mar Negro, y en su interior convivían lituanos, bielorrusos, ucranianos, y varios grupos más además, claro, de los polacos. Y no solo eso: lituanos, ucranianos, checos… todos tenían planos históricos a los que agarrarse que convertían sus pequeños solares en imperios de proporciones alejandrinas.
Y para colmo, no sin falta de base. Uno de los mejores escritores polacos de todos los tiempos, Ryszard Kapuściński, nació en el seno de una familia polaca en Polonia… ¡pero en Pinsk, la actual Bielorrusia!. Entre 1900 y 2000 su pueblo natal pasó de ser parte del Imperio Ruso a ser Polonia, luego la URSS y ahora Bielorrusia. Y todas esas naciones, claro, la reclamaban como propia y les sobraba la gente de su nacionalidad para demostrar que así era. Y es normal, porque la gente se mezcla y rusos conviven con rutenos, ucranianos, y polacos. Y se mezclan., por mucho que esto altere el pulso de los nacionalistas. Y una vez mezclados, diles tú que tienen derecho a autodeterminarse como pueblo.
¿Qué pueblo?.
Wilson acabó harto de las disputas entre naciones y nacionalidades por unos kilómetros cuadrados, y lo peor de todo, su paz y sus buenas intenciones, prostituidas por los odios naturales de cuatro años de salvajadas, solo sirvieron para crear el mismo resentimiento que él había querido evitar, provocando una guerra, la Segunda Guerra Mundial, que en lugar de acabar con todas las guerras, casi acaba con toda la humanidad.
Y encima puso de moda la costumbre de que, para que un “pueblo” reclamase su derecho de autodeterminación sobre un páramo cualquiera, antes se viese en el “deber” de expulsar, cuando no liquidar, a todos los habitantes que no eran de “ese pueblo”. La antigua Yugoslavia ha sido el último y más terrible caso, aunque con menos violencia Estonia o Letonia hicieran algo parecido con sus rusos, pero ya en esta época de los primeros años veinte, griegos que vivían en Asia desde los tiempos de Homero se vieron obligados a emigrar, al igual que millones de alemanes, polacos, rusos, ucranianos, croatas, húngaros, turcos… Una utopía nacionalista, vamos.
En fin, cada cuál puede pensar como quiera, pero la historia es bastante sincera en este aspecto.
Leer más...
En mayo de 1924 arribó al puerto siciliano de Palermo el acorazado Dante Alighieri. Era mucha la expectación, no solo por ver al fabuloso buque acompañado por una escolta de aviones y submarinos, sino sobre todo, por poder observar de cerca al personaje que en él había viajado: Benito Mussolini, el Duce.
Hacia poco menos de dos años que Mussolini había marchado sobre Roma en un acto que podía parecer una bravata teatral, pero que a la postre le había salido de perlas. Su táctica era la de poner al Rey y al Estado contra las cuerdas: o le masacraban a él y a sus camisas negras, aplastando violentamente su marcha, o contaban con ellos para formar gobierno. Finalmente el Rey había optado por la segunda opción, a la larga fatal tanto para su patria como para su dinastía.
El fascismo había surgido de los rescoldos de la Gran Guerra y buscaba instalar en el estado una “trincherocracia”, tal vez la mejor definición que se puede dar a este movimiento fatuo y ecléctico. Convertir la nación en una compañía atrincherada dirigida por aquellos que habían padecido los dolores y pesares de la guerra, una nación imperialista y militarista.
Sus primeros enemigos habían sido los socialistas del industrializado norte. La extrema violencia desatada contra éstos les habían granjeado las amistades de no pocos industriales, que les veían como un mal menor, cuando no como un útil aliado. Mientras, los partidos democráticos liberales, a quienes también aborrecían, se desangraban entre ellos, permitiendo así que este pequeño grupo llamado Partido Nacional Fascista se convirtiera en una fuerza supervalorada en comparación con sus escasos apoyos reales.
Pero Sicilia no era el norte industrial y el movimiento socialista era mínimo. Sicilia era en realidad otra Italia dentro de Italia. Una Italia aún más pobre, más rural y más olvidada por las autoridades que el resto de la nación. Una Italia en la que el poder local estaba en manos de una opaca organización en franca concomitancia con los líderes políticos tradicionales: la mafia.
Los primeros meses tras la marcha no supusieron de hecho un gran cambio para los sicilianos. El fascismo no es que fuera popular o impopular, sino que era prácticamente inexistente. Mussolini sí gozaba de fama, pero sus camisas negras eran puramente testimoniales: necesitaban de las autoridades tradicionales para mantener el Estado allí, necesitaban a la mafia. Tanto es así que, haciendo buena la frase gatopardesca del siciliano G. T. de Lampedusa, todo había cambiado para que nada hubiese cambiado. O eso pareció al principio.
Sin embargo, aquella entente interesada entre mafiosos y fascistas tenía sus horas contadas desde el momento en el que el Duce bajó por la escalinata de aquel acorazado de tan ilustrado nombre. Ya desde tiempo atrás más de uno de los pocos fascistas sicilianos habían causado estupor al declarar en público que había que acabar con la mafia a toda costa. Para ellos la mafia era un vestigio del pasado que habría que eliminar tarde o temprano para construir su nueva Italia. O dicho en palabras de un memorando remitido a Mussolini por uno de sus hombres en la isla:
“El fascismo aspira a barrer toda la corrupción que envenena la política y la administración del país. Aspira a quebrantar las sombrías facciones y los agusanados conciliábulos que infestan el sagrado cuerpo de la nación… Si queremos salvar a Sicilia debemos destruir a la mafia”.
Poco se conocía de la mafia y, peor aún, poco se quiso conocer. Por aquellos años había quienes –una gran mayoría de los italianos, por cierto- consideraban que lo “mafioso” no era más que la atávica expresión del carácter agreste de los sicilianos. Una especie de “cavalleria rusticana”, caballerosidad rústica. Nada que ver, desde luego, con la organización criminal bien estructurada que pacientemente sacaron a la luz a costa de sus propias vidas los jueces Falcone o Borsellino.
Sin embargo, a Mussolini no le importaba tanto qué era, sino para qué podía servirle. Por ejemplo, como catalizador, como enemigo a batir, como excusa a fin de cuentas, para inundar toda la isla de camisas negras y fascismo. Algo que a corto plazo le resultaría muy provechoso, pero que, como veremos, a la larga resultó un completo desastre.
Efectivamente, durante los días que permaneció en la isla, Mussolini pudo empaparse a base de bien de mafia y mafiosos. Conocida aún hoy día es en toda Sicilia la anécdota que protagonizó el mafioso de Piana de Greci, Francesco Cuccia, quien molesto por la presencia de los guardaespaldas del Duce le dijo al oído: “Está usted conmigo, está bajo mi protección, ¿Para qué necesita todos estos polis?”, algo que al impetuoso líder fascista sentó como una patada en la boca del estómago, ya que no podía consentir que nadie estuviera “sobre él y su autoridad”, ni siquiera en Piana de Greci.
Si albergaba alguna duda sobre la política a seguir, actitudes como esta y otras similares terminaron por rendir el fiel de su balanza: acabaría con la mafia para mayor gloria de su partido y su nueva Italia.
Preguntándose quién podría ser el hombre ideal para esta acción, investigó en la historia reciente de la isla para descubrir a algún policía expeditivo, conocedor del terreno y libre de toda sombra de duda de afinidades con los mafiosos. Y aunque parezca casi milagroso, encontró a su hombre, aunque éste tenía un pequeño problema, una mancha en su historial, que aún hoy día los hagiógrafos del fascismo y Mussolini se cuidan muy mucho de no airear.
Y es que, el hombre, su hombre, tenía todo para agradarle, salvo por ese detalle de su vida. Cesare Mori, que así se llamaba, era hijo de una familia muy humilde. Tanto que le habían dejado en un orfanato en Pavía y solo a los siete años le habían reconocido como hijo suyo. Aplicado e inteligente, trató de hacer carrera en uno de los pocos sitios donde las influencias eran menos importantes para progresar: la policía, donde en seguida sorprendió a sus mandos gracias a sus dotes de prudencia, perseverancia y no escaso valor y arrojo.
Su primera experiencia siciliana la obtendría pocos años después de su ingreso en la policía. Y como castigo por haber cacheado en su anterior destino a un concejal del que sospechaba ocultaba un cuchillo. Eran los años de la Gran Guerra y aunque Sicilia no fue escenario de ninguna batalla, eso no había eximido a casi medio millón de jóvenes de ser llamados a filas. Tal cantidad de movilizados dejaron despoblados los campos, que en parte por esto, en parte por el alza de precios del ganado –como carne y como animales de carga-, pasaron a convertirse en gigantescos pastos.
En este contexto, tanto los delincuentes de siempre, como aquellos reclutas que había optado por desertar y escaparse al centro de la isla, vieron en el robo de ganado una buena opción para ganarse la vida. Mori se interpuso entre ellos y su objetivo con no pocas dosis de extrema dureza.
Sin embargo, y pese a que él mismo dijese después que siempre había actuado a la “manera fascista” –algo hasta cierto punto cierto-, Mori no era ningún fascista, sino un hombre del sistema, fiel a los políticos del Gobierno. Por eso, y por su inquebrantable firmeza, es por lo que protagonizó un curioso escándalo que pronto le costaría el ostracismo más absoluto. La mancha en su historial que tanto desagradaba a Mussolini y al resto de fascistas.
Y es que, mientras en los meses anteriores a la “Marcha sobre Roma”, la gran mayoría de los policías italianos miraban para otro lado, cuando no con buenos ojos, los altercados protagonizados por fascistas, Mori no. Para Mori eran poco menos que delincuentes, y desde su destino ahora en Bolonia no les dejaba pasar ni media. Hasta tal punto fue expeditivo, que como reacción, los fascistas locales y los de las cercanías, acamparon un día junto a su cuartel general y decidieron orinarse en éste –una reacción muy de aquella gente-.
El Gobierno ya era demasiado débil en ese momento y decidió pasar página cambiando de destino a Mori, quién jamás pudo perdonarle a los líderes fascistas aquella afrenta. Y menos aún, claro, que éstos, sin olvidar tan raro caso de oposición a su causa le arrinconaran completamente, parando en seco su carrera profesional, en el mismo momento en que llegaron al poder.
Pero Mussolini pensó que bien merecía la pena olvidar si la apuesta resultaba, así que recuperó a Mori para el servicio activo y, pese a las críticas que esto provocó entre sus filas, le destinó de nuevo a Sicilia con la misión de poner fin a la mafia, fuese lo que ésta fuese.
Para escribir estos artículos, además de en las fuentes habituales -wikipedia, etc...- me he basado en el fantástico libro "Cosa nostra" del británico Jon Dickie, editado por debate y cuya lectura recomiendo encarecidamente.
Leer más...