Finalmente, y tras nueve años de aplazamientos y recursos, el Tribunal Internacional de La Haya ha dado la razón al gobierno de la Federación Rusa, exonerándole del pago de todos los costes que la normativa DNL/95 causó a la Unión Europea y EE.UU. y que, según sus abogados, ascendían a más de dos mil millones de euros.
Más allá de la tierra Para comprender la importancia histórica de esta sentencia, habremos de situarnos en 1995 cuando, tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la U.R.S.S., el nuevo gobierno de la Federación Rusa decidió cambiar el nombre que las autoridades del recién finado régimen habían dado a varias ciudades, accidentes geográficos y obras públicas de la época soviética, como ya habían hecho, por ejemplo, con el conocido caso de Leningrado, que tras casi ocho décadas, acababa de retomar su antiguo nombre de San Petesburgo. Sin embargo, la nomenclatura soviética no había quedado fijada únicamente en lugares terrestres. También en la luna eran infinidad los mares, cráteres y montes que habían sido bautizados con nombres recomendados por el partido comunista de la U.R.S.S. Efectivamente, gracias a la ventaja que habían tomado en la carrera espacial a principios de los años 50, en el año 1959 los soviéticos fueron los primeros en poder fotografiar, y por tanto cartografiar, la superficie de la cara oculta de la luna, hasta ese momento completamente desconocida para los habitantes de nuestro planeta. Así, mientras la cara visible desde la tierra ya contaba con mapas bastante detallados desde los siglos XVIII y XIX, a los cartógrafos soviéticos se les abrió todo un horizonte virgen en el que poder desarrollar su imaginación e inventiva, sabedores de que el programa espacial norteamericano aún estaba aún muy lejos de poder siquiera llegar a tomar alguna instantánea de la cara oculta de la luna. De esta manera, una superficie del doble del tamaño de la República Popular China quedó cuajada en cuestión de un par de años de todo tipo de nombres de indudable inspiración soviética. Nombres que, en justicia, fueron rápidamente aceptados por el resto de naciones ya que resultaba evidente que ellos habían sido los auténticos descubridores de toda aquella extensa área de la superficie lunar. Por tanto, a partir de la XXI Conferencia del Instituto Internacional de Selenografía celebrado en Estocolmo en abril de 1963 podemos hablar ya de una completa normalización de los nombres dados por los soviéticos a los lugares más singulares de la cara oculta de la luna. Desde entonces, nombres como “Monte Lenin”, “Mar de KOMSOMOL”, “Lago Zhukov” o “Cráter Acorazado Aurora” comenzaron a ser estudiados en los institutos selenográficos de todo el mundo, para mayor escarnio de los norteamericanos, que solo se podrían quitar la espina un lustro después cuando fueran ellos los primeros en pisar la superficie lunar.
Mientras tanto en España... A este respecto cabe destacar la curiosa postura que en España tomó el régimen del General Franco, que si bien sí firmó el acta de la XXI Conferencia que sancionaba esta nueva nomenclatura, prohibió tajantemente la edición en España de ningún plano selenográfico de la cara oculta, salvo que los nombres dados por los soviéticos no fuesen incluidos. Decisión en la que sin duda debió pesar sobre manera el hecho de que estos hubiesen decidido denominar a un cráter con el nombre de “Pasionaria” y a otro con el nombre de “Mariscal Lister”. Así pues, no fue hasta la cercana fecha de 1985 que se editó en España el primer mapa con nombres de la cara oculta de la luna, aunque, como afirmó en una reciente entrevista el conocido selenógrafo Rubén Armada, “para ese entonces las cosas habían cambiado de una manera tan radical en nuestro país que de nuevo rozamos el ridículo”. Y es que, de golpe y porrazo, pasamos del único mapa lunar sin nombres al primer mapa lunar bilingüe. En 1984 el Estado encargó a la empresa cartográfica Puig i Calafrutell el diseño e impresión de cinco mil ejemplares del primer mapa con nombres de la superficie oculta de la luna hecho en España. Sin embargo, cuando la Delegación de Cultura y Normalización de la Generalidad de Cataluña se enteró, entró en conversaciones con la susodicha empresa para que realizase el mapa en bilingüe. A Ernest Puig y Calafrutell no le parecía mal la idea, sobre todo por el pellizco económico extra que le prometieron las autoridades regionales catalanas, aunque no sabía como se las iba a arreglar para traducir al catalán los nombres personales soviéticos, pues ni siquiera se había imaginado que habría de traducirlos al castellano, puesto que nada al respecto le habían dicho, aunque efectivamente la cosa parecía lógica ya que sabía que a nuestro Stajanov, el padre del stajanovismo y Héroe del Trabajo Soviético, en Rusia siempre se le ha conocido como Stakhanov. Sin embargo, allí donde no llega la sensatez pasa de largo la astucia, y ni corto ni perezoso en cuestión de tres semanas compuso una nueva nomenclatura castellanosoviética y otra catalanosoviética que no dudó en plasmar acto seguido en su mapa para mayor gloria de los nombres dados en la URSS. Así, cuando los primeros afortunados estudiosos recibieron de manos del CSIC sus ejemplares del novedoso mapa en castellano –y catalán- de la cara oculta de la luna, se toparon para su sorpresa con nombres como “Pico Lenin – Pic del Lení”, “Monte del Sindicato Agrícola Soviético – Mont del Sindicat de Payessos Sovietiques” o el aún celebrado en todas las juergas en las que coinciden dos estudiosos del tema: “Lago Pedro Perezov – Lac del Pere Carodov”, que aún nadie se ha atrevido a localizar con seguridad aunque más de uno apueste que es el “Lago Piotr Petrov”. La chufla marinera llegó a tal extremo que el gobierno decidió solicitar a la misma empresa –para evitar un juicio por discriminación lingüística- una nueva edición de los mapas aunque en esta ocasión con los nombres soviéticos lisa y llanamente transcritos del cirílico, lo que provocó que al cráter “Pasionaria” se le pasase a llamar –únicamente en España- cráter “Strastotsbet”, solución que a Franco le hubiese venido de perlas si le hubiese ocurrido y que nos hubiese evitado más de veinte años de retraso en selenografía.
Y Yeltsin cogió su fusil Aún así, y para gran sorpresa de nuestros políticos, pese a ellos la historia siguió su curso natural, y con ella llegamos al momento en el que Boris Yeltsin coge con pulso sereno y lúcida mirada los mandos de la nueva Rusia. Aunque Boris Yeltsin había ingresado en el Partido Comunista en los años 60, nunca olvidó que a su padre le habían caído tres años de condena en un GULAG por actividades antisoviéticas, por lo que, derribado el sistema soviético y sofocado el posterior golpe de Estado, cuando separó a la Federación Rusa de la U.R.S.S. tardó poco en tomarse venganza por la condena de su progenitor en los nombres dados por aquellas mismas autoridades que le habían privado de su libertad. Centenares de Leninsks, Leningrados, Lenins, Soviets, Proletariars y demás suerte de etcéteras bolcheviques pasaron a recuperar sus nombres prerrevolucionarios, cuando no recibían otros más acordes a los nuevos tiempos, como pasó con la Baikonur de la que partieron las naves lunares soviéticas, que todo el mundo llamaba Baikonur, pero que realmente se llamó Leninsk hasta 1995. Evidentemente al mandatario ruso no se le pasó por alto que también en la luna eran una miríada los nombres de carácter soviético que señoreaban por su superficie, así que en enero de 1995 reunió a un consejo de sabios – al que bautizaron como “Directorio de Nomenclatura Lunar”- y les ordenó cambiar todos aquellos nombres que “no combinen con la nueva sed rusa de democracia y justicia”. Tres meses después salía a la luz la normativa DNL/95, que sentaría la base del protocolo a seguir a la hora de cambiar los nombres de los accidentes lunares. Así, serían respetados los nombres de científicos y cosmonautas –salvo el del astrónomo Alexandr Primishkin, un agente “provocateur” del KGB que había llenado él solito un barracón en el GULAG M125 de la isla de Novigelatokovs- y los que rememorasen lugares de Rusia, como el Mar “Moscoviense”. Sin embargo, todos los nombres de carácter soviético fueron borrados de un plumazo, buscándose para ellos en el mejor de los casos algún otro nombre que fuese ligeramente parecido, como sucedió con el cráter “Castro”, que pasó a llamarse “El cráter de la vieja momia barbuda”, o el lago de “la Solidaridad” que se comenzó a denominar “del Estado de las Autonomías”.
El grito en el cielo Sin embargo esta normativa implicaba también en el resto del mundo cambiar de golpe todas las ediciones de planos selenográficos editados hasta la fecha, alguno de los cuales, al ser realizados en relieve, a gran escala y con materiales muy costosos, estaban valorados en varios miles de euros. Algo que el ministerio de Asuntos Exteriores ruso lamentó mucho pero que, como explicaron, respondía a una necesidad nacional. Sin embargo a los gobiernos de Europa y los EE.UU., los principales compradores de estos mapas, el coste que supuso el cambio, y que, como ya hemos dicho, está valorado en cerca de dos mil millones de euros, estas razones no les convencieron, y por esta razón llevaron al gobierno de la Federación Rusa ante el tribunal de La Haya, el cuál, con su reciente sentencia, da por cerrado este singular caso a favor de los intereses de la nación rusa, lo cuál, tanto a éste que está redactando el artículo como a su esposa amadísima les parece de lo más normal.
El Presidente de Rato describe a Azaña como «alguien que fue mucho más que una de las mentes más lúcidas de España»
Agencias, 6 de enero 2005 Su Excelencia el Presidente de la República don Rodrigo de Rato describió al político, prolífico escritor y Presidente de la República en los oscuros años del levantamiento militar del 36 y la posterior guerra de Alemania como “alguien que fue mucho más que una de las mentes más lúcidas de España: a él le debemos no solo lo que somos, si no aquello en lo que no nos convertimos” durante la celebración de la ceremonia inaugural de lo actos conmemorativos del 125 aniversario de su nacimiento. El homenaje, celebrado en el Ateneo “Manuel Azaña” de Alcalá de Henares y promovido por la Sociedad Nacional de Conmemoraciones Culturales, reunió a toda la clase política nacional -que supo por unas horas aparcar las disputas provocadas por el reciente anuncio del presidente del consejo de ministros de un nuevo envío de tropas y miembros de los Guardias de Asalto a Irak para garantizar la paz y entrenar a las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes- y unirse de forma unánime en este “merecidísimo homenaje” como lo calificó el líder de la oposición, el socialista José Bono, que “tan solo” lamentó que “se haya perdido el espíritu de diálogo que primó en los difíciles años en los que Azaña hubo de llevar las riendas de una nación rota por tres años de guerra”. El acto sirvió igualmente para presentar un ciclo de doce conferencias y una exposición sobre su obra literaria que tendrá lugar en la Universidad Complutense así como otra serie de eventos que se celebrarán por toda España. Así mismo, el ministro de Economía don Alberto Recarte, fue el encargado de presentar la moneda conmemorativa de 2 euros que “llevará su imagen por toda aquella Europa que ayudó a librar del fascismo”. Por su parte, el académico de la Historia Cesar Vidal, representante de la Comisión de Honor del ciclo conmemorativo, destacó la labor "inmortal" del político e intelectual madrileño que le convirtieron "uno de los primeros en alertar al mundo de la amenaza del nacionalsocialismo y promover el sueño de un Europa unida". Asimismo, el historiador tuvo también palabras de agradecimiento para los señores embajadores del Reino Unido y Francia, “sin cuyo concurso en aquellos tristes días nunca hubiéramos sido capaces de superar la dura prueba a la que nos quisieron someter Franco y sus adláteres”.
Aquella bendita invasión de los Sudetes ¿Qué hubiese pasado si Hitler no se hubiese jugado todo a la baza de los Sudetes?. ¿Hubiese terminado el sublevado general Francisco Franco por ganar la guerra?. ¿Hubiese estallado igualmente la Guerra del 38?. Evidentemente resulta muy complicado imaginar que en un clima de creciente tensión entre Francia y el Reino Unido por una parte y Alemania e Italia por otra, como el que llevó a la crisis del verano del 38, el resultado hubiese podido haber sido otro que el de la guerra, sin embargo… ¿pudo no haber sido así?. Efectivamente desde hacia años el Gobierno de Francia estaba advirtiendo del creciente fortalecimiento de Alemania, y el del Reino Unido, reticente al principio –llegó a firmar un acuerdo naval con Hitler en el 35- no pudo ya mirar hacia otro lado tras la conquista de Etiopía por parte de las tropas italianas. Sin embargo, una cosa era la opinión de los gobernantes y otra la de los gobernados, cansados de sangre tras la Gran Guerra. A fin de cuentas, aquella guerra de Etiopía quedaba muy lejos y estaba claro que Mussolini no aspiraba a amenazar después los imperios africanos de franceses y británicos ni las rutas de estos últimos hacia la India. Y tampoco España parecía un conflicto por el que mereciese la pena entrar en guerra, no al menos mientras alemanes e italianos mantuviesen de cara a la opinión pública internacional un disimulado papel de “no beligerantes”, pese al evidente apoyo militar y económico que prestaban al bando sublevado. ¿Acaso no era lo mismo que estaba haciendo con el otro bando la URSS de Stalin?. Y tal vez ni siquiera por los Sudetes hubiese merecido empezar la guerra. Y es que, finalmente fue, como dijo en sus memorias Indalecio Prieto, “la unión de todas aquellas pequeñas amenazas, y no una en concreto, la que puso en guardia a las naciones aliadas y nos salvó a nosotros de la catástrofe”. ¿Podía aún así haber ignorado el Presidente francés o el Primer Ministro británico Chamberlain los continuos avisos que les llegaban desde sus embajadas o que día tras día lanzaban políticos como W. Churchill o Trostsky y haber apostado por la paz a fin de no contrariar a sus votantes?. Desde luego parece muy improbable. En la primavera del 38 las tornas habían cambiado. Las noticias de las masacres italianas del 37 en Etiopía, que por su extrema brutalidad habían sido al principio consideradas imposibles por las cancillerías aliadas, o el bombardeo de Guernica de ese mismo año, ya habían comenzado a calar entre la opinión pública francesa y británica que poco a poco iba también tomando conciencia de la amenaza: aquello no era una guerra colonial en el África negra o un conflicto entre conservadores y comunistas en la fogosa y atrasada España, sino el preludio de una guerra que podía llegar a sus propias casas. El discurso de Azaña ante las Cortes reunidas en Barcelona el 18 de julio de 1938 fue la señal que necesitaban los aliados para tomar partido por el bando leal: “Paz, Piedad, Perdón”. Azaña se presentó como un líder democrático, que contaba sí, con el apoyo de comunistas y anarquistas, pero que sabía mantenerlos bajo su mando pese a que al principio de la guerra hubiese parecido que esto no era posible. Ni venganzas ni revoluciones, no necesitaban más. Sin embargo, al principio la ayuda se limitó a abrir la frontera y permitir el paso a pequeños comandos de soldados republicanos de Cataluña para que pudiesen realizar rápidos golpes de mano en la retaguardia facciosa, ya en Navarra ya en Guipúzcoa, en ningún caso golpes de gran valor estratégico aunque sí de enorme peso moral. Sin olvidar que esta nueva postura obligó a Franco, temeroso de provocar una mayor entrada de los franceses en el conflicto, a no atacar Cataluña y dirigirse hacia Valencia. Un movimiento inteligente, aunque como quedó claro, insuficientemente decisivo como para proporcionarle la victoria definitiva. Aún con todo, sería otra consecuencia de esta nueva política aliada la que cambiaría definitivamente el rumbo de nuestra guerra y de la historia Europea: la decisión de Hitler -temeroso de ser el siguiente- de romper la baraja e invadir Checoslovaquia para anexionarse los Sudetes. Un golpe desesperado sí, pero la única opción que le quedaba ante la total negativa francesa y británica a concederle ni una sola demanda más tras haberle consentido la anexión pacífica de Austria. Pese a la excelente disposición al combate que mostraron las tropas alemanas, el ejército checoslovaco, uno de los mejores armados del continente, supo resistir sus asaltos combinados con la misma furia con la que meses después los finlandeses pararían los pies a los soviéticos a las orillas de sus gélidos lagos. La negativa italiana a unirse a Hitler, la presión que las tropas francobritánicas ejercieron en el Rhin, y por último el complot organizado por el almirante Wihelm Canaris, que posteriormente se convertiría en el nuevo Presidente de la II República alemana, acabaron en cuestión de meses con el régimen autocrático de Hitler, que no pudo soportar las consecuencias provocadas por lo que Churchill bautizaría como "aquella bendita invasión de los Sudetes". Y es que, como dijo el político británico, "¿Quién sabe hasta dónde hubiesen podido llegar las tropas de Hitler tan solo dos años después, con un ejército mejor armado y entrenado?" El resto de la historia ya es conocida por todos: Franco, terriblemente debilitado tras la negativa de Mussolini de apoyar a Hitler, quedó como el único aliado del dictador alemán en Europa, lo que provocó que su suerte y la de sus tropas quedase unida a la de éste y su derrota final acaeciese pocas semanas después del derrocamiento de Hitler a manos de Canaris. Tras eso solo pudo huir a Italia -que nunca dejó de apoyarle, auqnue al final lo hiciese de una forma mucho más discreta- junto con muchos de sus colaboradores, mientras el grueso de sus tropas terminaba rindiéndose a primeros de agosto del 39, obligando a Azaña a cumplir su palabra para evitar una larga guerra de guerrillas en Navarra o Galicia, lo que le costó no pocos problemas con los comunistas y anarquistas. Italia, por su parte, permaneció aislada hasta la revolución del 75, que supuso la caída del PNF y, con él, de la casa de Saboya y la instauración de un sistema democrático que les abrió las puertas de la Unión Europea, el viejo sueño de los últimos meses de vida del Presidente Azaña, quien pese a su enorme victoria, prematuramente envejecido y enfermo, acabaría falleciendo en 1940 en su natal Alcalá de Henares.
Todo este ejercicio de ucronía responde al deseo de un lector, William, que me preguntó si sería posible crear una moneda de una actual república española con la cara de Azaña y al buen saber y la amabilidad del artista italiano Fabrizio Annovi que gentilmente diseñó la moneda. Ante esto lo menos que podía hacer era tratar de crear para ella un marco lo más sugerente posible que es lo que he tratado con esta ucronía. Sé que no he quedado a su altura, pero con que os sirva para pasar un rato entretenidos, me sobra.
Bueno chicos, con esta serie doy por finalizada la búsqueda de portadas horrorosas, no porque no haya más, sino porque mi salud no es tan fuerte como yo mismo creía. Espero que os riáis mucho con ellas.
Hitler tenía una especie de “plan maestro”, una serie de objetivos que ya había planteado años atrás en “Mi lucha” y que pasaban por acabar con el escenario internacional que había forjado el “Tratado de Versalles” y ganar para Alemania un “espacio vital” sobre el que creía que debía asentarse a la numerosa población alemana. Una población, por otra parte, de la que todo elemento “ajeno” a su ideal de alemán –judíos, gitanos, comunistas, socialdemócratas, intelectuales, sindicalistas…- había de ser extirpado brutalmente. Sin embargo, no contaba ni con las fuerzas ni con los medios necesarios aún, así que la prudencia marcaba marchar con paso cauteloso, sobre todo a nivel internacional. Dentro de Alemania, con un poco más o menos de cinismo y unas enormes dosis de adoctrinamiento, supo ganarse a la mayoría de sus ciudadanos –que pronto dejarían de serlo para convertirse en “pueblo”- mientras enviaba ante sus propios ojos a miles de dirigentes de la izquierda y comunistas a poblar los recién estrenados campos de concentración –aún no de exterminio- y multiplicaba la presión de los matones de las SA sobre la población judía alemana, ahora además reforzados por los aparatos de “seguridad” del Estado. ¿Por qué no iba a poder hacerlo?. Hacia bien poco que Stalin había deportado a millones de campesinos, los “kulaks”, por el único delito de tener una vaca o un terruño en el que emplear a unos pocos braceros –si bien a muchos de ellos les ahorró el viaje asesinándolos en el mismo lugar-. Como los comunistas habían demostrado, para convertir a un vecino en un enemigo nacional tan solo hacía falta bombardear al resto de la población con una serie de machaconas campañas propagandísticas hasta lograr su objetivo. Y para eso él tenía a Goebbels. Sin embargo Alemania no era Rusia, y no solo no era tan grande como para poder aislarse en si misma ni contaba con una Siberia en la que poder “enterrar” las pruebas de todos los delitos, sino que además era considerada la culpable de la Gran Guerra, y por ello permanecía tenazmente vigilada por franceses, británicos, polacos e incluso por los italianos. Así pues, la situación exigía una táctica ligeramente diferente, a la larga igual de criminal, pero en el corto plazo mucho más moderada: la campaña pacifista de 1934.
¡Despierta Alemania! Ya desde la misma firma del “Tratado de Versalles” la diplomacia alemana había tratado de recuperar para Alemania su papel de gran potencia en el concierto internacional. El mismo ministro de exteriores Stresmann, un moderado a carta cabal, jamás renunció a este objetivo, pese a que ya entonces la propaganda nazi lo tachara de pelele de los vencedores. Sin embargo, su muerte, el notorio debilitamiento del régimen de Weimar y, sobre todo, la crisis del 29, marcaron un brusco endurecimiento en los modos de la diplomacia alemana. Prueba de esto es la consecución de la cancelación del pago de reparaciones al que quedó obligada tras el final de la Gran Guerra, la exigencia de un trato de igualdad en el terreno armamentístico o la proposición de un proyecto de unión aduanera con Austria que fracasó solo después de la tenaz oposición de ingleses y franceses. ¡Todo ello antes de 1933! Aún así, la llegada de Hitler al poder en 1933 radicalizó aún más la política exterior alemana. Ahora ya no solo se trataba de convertirse de nuevo en una gran potencia, ahora Hitler buscaba construir un imperio en el corazón de Europa, en el que para las naciones eslavas orientales –Checoslovaquia, Polonia e incluso la URSS- tenía reservado el mismo papel que las colonias africanas o asiáticas jugaban en los imperios francés y británico. Evidentemente a nadie se le escapaba, y menos que a nadie a Hitler, que esta política habría de abocar ineludiblemente a su nación hacia la guerra, razón por la cual comenzó a rearmar de forma clandestina al diminuto ejército alemán resultante del “Tratado de Versalles”, si bien de forma muy prudente y mientras, de cara a la opinión pública mundial, daba una imagen completamente alejada de cualquier belicismo como cuando se avino encantado a que sus representantes firmasen el “Pacto de la Cuatro Potencias” (Venecia, junio de 1933) propuesto por Mussolini y que prometía “diez años de paz” para Europa. Acababa de llegar al poder. Aún era demasiado débil. Sin embargo, esta posición pacifista, digamos “convencional” no podía durar mucho tiempo, y efectivamente, pocos meses después, concretamente en octubre de ese mismo año, este pacto saltaba por los aires cuando Hitler decidía abandonar la Sociedad de Naciones cansado de esperar pacientemente -según él- la igualdad de derechos militares entre Alemania y el resto de potencias de su entorno que dificultaba enormemente su rearme por muy soterradamente que éste estuviese siendo llevado a cabo. Obviamente esta decisión, junto con la inmediatamente posterior de abandonar también la conferencia de desarme en abril del 34, no fue ignorada en el resto de Europa donde comenzaron a sonar todas las alarmas, lo que por si solo debería haber bastado para amilanar al más pintado. Sin embargo Hitler contaba con la baza de la hipocresía y la propaganda, y con un dominio de las mismas que hubiese hecho sonrojarse al mismo Maquiavelo, comenzó a presentarse ante la opinión publica alemana e internacional no como el agresor sino como el agredido. Si el mundo tenía miedo a una renovada y poderosa Alemania, lo que había de hacer no era pedirle volver al redil del pacifismo “convencional”, sino entender que los auténticos pacifistas eran ahora ellos, los nuevos amos de Alemania, que aspiraban a tener un gran ejército, sí, pero mantener y garantizar la paz internacional, no como las vengativas y desconfiadas potencias vencedoras de la Gran Guerra, las corrompidas democracias occidentales. Una nueva Europa exigía un nuevo modelo de pacifismo: el suyo, naturalmente. Puede sonar a chiste, pero el caso es que a medida que iba creciendo el ejército alemán “en la sombra”, Hitler fue ganado cada vez más adeptos entusiastas en Europa occidental. Y para aumentar aún más su prestigio, se acompañó de una serie de gestos en su día muy llamativos, como la firma en los primeros días de 1934 de un tratado de no agresión con Polonia en el que se reconocían las fronteras occidentales de la joven nación, pese a que estuviesen fijadas en gran parte sobre territorio del antiguo reino de Prusia. Sin embargo aún había países que no podían creer en este brusco cambio. El Reino Unido, donde el nazismo no era nada bien visto por los laboristas, o Italia, que pese a las afinidades ideológicas no veía con ninguna simpatía los públicos y notorios deseos de los nazis de unir Austria a su nuevo Reich, y sin duda Francia. ¿Acaso no era éste el mismo Hitler que en “Mi lucha” había hablado de la imposible reconciliación de franceses y alemanes?. Ante esto Hitler negaba la mayor con toda la desfachatez del mundo, insistiendo en que si algo había malo para el mundo era la guerra, destructora de las razas superiores, y si algo buscaba él, era la paz, hasta el punto de que el mismo von Papen –político conservador y “compañero de viaje” en el primer gobierno de Hitler aunque jamás un nazi- que aún en mayo de 1933 defendía que los alemanes habían de morir jóvenes, aunque él ya no fuera ningún chaval, y no escleróticos, fue conminado a cambiar su discurso para alabar la belleza de morir de viejo y rodeado de nietos y bisnietos. ¿Y “Mi lucha”?. Sí, bueno, es cierto que podía parecer un tanto radical, argumentaron desde los círculos diplomáticos nazis, pero había de comprenderse que se había escrito en prisión, en una situación muy determinada. Y, de hecho, si aún era la base de la educación nacional era por un despiste de Goebbels, nada más. Quién sabía si tal vez, con el tiempo, y alcanzada ya la igualdad entre Alemania y el resto de potencias, el mismo Hitler no podría rescribir su libro bajo el nombre de “Mi paz”. Esto último, desde luego, no lo dijeron los nazis, la broma fue de Trotsky, que desconfiaba muy mucho de las intenciones del dictador alemán, sin embargo, y pese a las suspicacias de los gobiernos, a parte de estos, fueron pocos los pensadores que, como él, dudaron en público. Y de esos pocos, si alguno residía en Alemania y aún tenía valor para decir algo, se le internaba en un campo de concentración, o en el caso de ser muy conocido, en un hospital, como se hizo con el posteriormente Premio Nobel de la Paz de 1936 Karl von Ossietzki. Por su parte, el resto de la población mundial prefirió creer. Otra guerra mundial no podía caber en sus cabezas. Otra vez no. Si Hitler hablaba de paz, es que de verdad quería la paz. Y desde luego que en sus discursos se hartó de hablar de paz. De recuperar el prestigio de Alemania sí, de cambiar el orden de Versalles también, pero sobre todo y ante todo, de su jurado amor por la paz. Aún así, ¿no era éste el mismo Hitler que solo un par de años atrás, aún desde la oposición, había escrito una carta a Hindemburg solicitándole que sacase a Alemania de la Sociedad de Naciones y de paso le alertaba de una inevitable nueva guerra contra los franceses?.
Y en Austria casi lo pierden todo. Así, y pese a todas las buenas palabras de los nazis, ya tras la retirada alemana del tratado de desarme, Francia había comenzado a anunciar allí donde podía que se sentían de nuevo amenazados y que por esto mismo se consideraban en la obligación de garantizarse su propia defensa. En este clima de total desconfianza hacia los alemanes, el ministro de exteriores francés Louis Barthou, inició una vigorosa actividad diplomática a fin de ganarse a cuantos más aliados mejor. En ese momento contaban ya con la segura amistad de sus viejos camaradas de trinchera los británicos, así pues había que hacer de tripas corazón y acercarse a los fascistas italianos y a los bolcheviques soviéticos. Por su parte Hitler no solo se había ganado ya la confianza de los polacos –a los que años más tarde, irónicamente, les daría una porcioncilla de las sobras de la desmembrada Checoslovaquia, justo antes de laminarles a sangre y fuego en 1939-, debilitando paralelamente los lazos de estos con los franceses, si no que incluso, ¡por fin!, había conseguido ser recibido por Benito Mussolini en Venecia –antes se había negado a recibirle incluso siendo ya éste canciller alemán-, aunque su reunión no resultase tan positiva como la pintaron en la época, ya que éste se negó a escuchar nada sobre el interés alemán sobre Austria. Por otra parte, en un hecho de consumo interno pero de repercusión internacional, recién regresado de Venecia, Hitler había encabezado la “noche de los cuchillos largos”, una nimiedad comparada con las purgas del camarada Stalin, pero un auténtico lavado de cara del régimen nazi, que de la noche a la mañana –nunca mejor dicho- vio “depurados” a los elementos más “revolucionarios” del partido nazi para gran alegría de las clases medias y altas alemanas y solaz de muchos analistas extranjeros que veían en este acto un evidente giro hacia la moderación del III Reich. Aún así, este espejismo duró poco. Como ya le había tratado de explicar Hitler en Venecia a Mussolini, el siguiente paso del programa nazi pasaba por la anexión de Austria, su país natal y en el que el partido nazi contaba con no pocos seguidores -dispuestos a obedecer sus órdenes sin dudar un segundo-, hasta el punto de que la rama austriaca de NSDAP, el SDAPÖ, había sido declarada fuera de la ley por miedo a que ganase unas futuras elecciones y solicitase acto seguido la unión al Reich. Como ya hemos dicho arriba, ya antes de 1933 se había propuesto una unión aduanera con Austria. En ambos países, junto con Hungría, los grandes perdedores de la Gran Guerra –a los turcos les cabía la honrilla de haber derrotado inmediatamente después a los griegos recuperando parte del territorio perdido en el 18- existía una gran porción de habitantes, nazis y no nazis, partidarios de la unificación de ambas naciones, otra baza a favor de Hitler. Sin embargo, frente a estos pros, existían dos grandes contras: uno era el canciller austriaco Dolfuss, creador del “austro-fascismo” y responsable de haber aplastado al anterior gobierno socialdemócrata austriaco, enemigo declarado de cualquier intento de unión con Alemania y amigo personal y aliado del otro gran problema de Hitler en Austria: precisamente el Duce de Italia, Benito Mussolini. Mussolini aspiraba a exportar a Austria su modelo de Estado fascista razón por la cual en Venecia no había querido atender a los argumentos nazis sobre ninguna unificación de Austria con Alemania. La cosa no pintaba nada bien. Pero allí donde no llegaba la delicada mano de la diplomacia nazi siempre podía lanzarse la peluda zarpa de sus mamporreros y luego ya se vería, y eso fue lo que pasó. Pocas semanas después del encuentro entre los mandatarios alemán e italiano, elementos del partido nazi austriaco trataron de dar un golpe de Estado en el país alpino. Nunca llegaron a estar siquiera cerca de alcanzar sus objetivos, más, en uno de los episodios más negros de la historia austriaca, ocho matarifes nacionalsocialistas penetraron en el edificio de la cancillería y allí mismo asesinaron brutalmente a Dolfuss, después de lo cuál, incluso se tomaron el tiempo necesario para bailar sobre su cadáver. Evidentemente a Mussolini –a quien, por cierto, no le deparaba el futuro una muerte mucho más digna- puso el grito en el cielo y, a la par que el golpe era sofocado por las propias fuerzas austriacas, él enviaba a parte de sus tropas a la frontera austroitaliana de Brennero. Evidentemente ante esta chapuza los nazis se lavaron las manos y dijeron no conocer los planes de los golpistas ni tener nada que ver con ellos. De puro milagro la cosa no pasó a mayores, pero la –dirigida- prensa italiana no dudó en señalar a Hitler como el culpable: el daño a su imagen y a las relaciones bilaterales ya estaba hecho. Y, evidentemente, los franceses no iban a ser tan tontos como para desperdiciar esta oportunidad. Alemania se encontraba ahora y pese a todo más aislada que nunca. Sin embargo no había finalizado aún este agitado año de 1934, cuando se produjo en el mes de octubre un atentado contra el rey de Yugoslavia durante una visita suya a Marsella. El intento de magnicidio, perpetrado por fascistas croatas, no acabó con la vida del monarca pero sí con la del citado Louis Barthou, que sería sustituido por el recalcitrante conservador Pierre Laval, quien años más tarde se convertiría en la “eminencia gris” del Gobierno colaboracionista de Vichy. Desde luego aquello suponía todo un cambio en la Quai d'Orsay. Ciertamente Francia aún no estaba bajo el yugo de Hitler y Laval, que compartía una gran afinidad con Mussolini –ahora en el cenit de su carrera política-, no hizo otra cosa que seguir los pasos de su predecesor. Sin embargo no tardó en imprimirle su sello personal, algo que posteriormente sería fatal para el futuro de los acontecimientos y las vidas de millones de inocentes. Pero no adelantemos acontecimientos, de momento ciñámonos a los primeros pasos dados por Laval, que desde luego no fueron poca cosa, como cuando logró poner fin a las disputas coloniales entre su país e Italia permitiendo así la firma de un acuerdo en enero del 35 al que rápidamente se uniría el Reino Unido. Además, el Gobierno del que formaba parte decidía incrementar el período del servicio militar, ante lo que los alemanes optaron por reimplantar el servicio militar en su nación, conculcando flagrantemente lo estipulado en Versalles. Prueba de que el sistema recién forjado pudo haber funcionado fue la respuesta dada de forma inmediata por el pacto tripartito entre franceses, italianos y británicos a esta decisión alemana, proclamando en la Conferencia de Stresa la absoluta inviolabilidad de la integridad nacional austriaca así como su firme determinación de llegar a emplear la fuerza si fuere necesario a fin de mantener el orden de “Versalles”. Todo un aviso. Para colmo de males para los nazis, la hasta esa fecha aislada Unión Soviética, temerosa del rearme de Alemania, su enemigo histórico y ahora también político, decidió cambiar su táctica y la de sus satelizados partidos comunistas occidentales. Por una parte, Stalin decidió en septiembre de 1934 que la URSS entrase a formar parte de la Sociedad de Naciones, por otra, a los comunistas de occidente se les animó para que se uniesen a la denostada izquierda burguesa en “Frentes Populares” que frenasen la amenaza nazi y fascista. Un serie de pequeños cambios que llevaron a una gran catástrofe Sin embargo el principio del fin de esta política de aislamiento de la Alemania nazi ya había sido sembrado y podemos empezar a vislumbrarlo en el siguiente mes de mayo de 1935, irónicamente cuando se firmaba un pacto franco-soviético con el que Laval culminaba las negociaciones emprendidas por su predecesor. Y es que, si bien Laval concluyó la obra de Barthou poniendo su firma junto a la de sus aborrecidos, y ahora aliados, enemigos bolcheviques, supo darle su toque personal al acuerdo. Así, aunque acordó con ellos la ayuda mutua en caso de agresión no provocada, se negó a añadir una convención militar, como proponían los soviéticos, que hubiera dado mucho mayor vigor al pacto. La historia no ha sido muy piadosa en su veredicto a Laval, quien de todas maneras no fue ejecutado por fracasar en su ya casi cerrado cinturón sanitario a la Alemania nazi, sino por haber colaborado con ellos tras la ocupación de su patria. ¿Tal vez hubiese sido mejor que por aislar a Hitler los occidentales hubiesen entregado a Stalin toda Europa oriental para que sobre ella propagase su influencia?. ¿Acaso no fue Stalin tan genocida -incluso con los judíos a quienes tenía pensado deportar en masa a Siberia como ya había hecho antes con los tártaros o los chechenos, decisión que solo su muerte impidió- como Hitler?. ¿Hubiese renunciado Stalin a invadir Polonia o Rumania o Alemania, gobernados por regímenes fascistas?. Esas son preguntas que nunca podremos responder. Sin embargo, lo que sí sabemos es que, la tibia postura francesa ante la URSS le permitió a Hitler firmar el pacto Ribbentrop-Mólotov que le dejaría las manos libres para invadir Polonia y dar así inicio a la Segunda Guerra Mundial. Aún así no solo Laval tuvo la culpa, y no solo sobre él podemos cargar las tintas. Tampoco los británicos demostraron tener una gran amplitud de miras cuando ya ese mismo mes de mayo firmaron contra todo pronóstico un acuerdo naval con Alemania por el que permitían a Hitler contar con una armada de guerra siempre que no superase en un 35% a la británica. Huelga decir que Hitler se pasó ese porcentaje por la Puerta de Brandemburgo.
A muchos kilómetros de allí Sin embargo, la herida mortal que acabaría matando esta unión antinazi se produjo a muchos kilómetros de distancia de las capitales europeas, concretamente en un paraje de la frontera entre la Somalia italiana y el Reino de Etiopía allá por el mes de diciembre de 1935 cuando una fuerza de 150 etíopes entró en combate contra una guarnición de 50 italianos. Los italianos en general y Mussolini en particular le tenían muchas ganas al país africano, que no hacía muchos años les había infringido una de las más humillantes derrotas militares de su historia. Desde la llegada de los fascistas a Roma, los choques fronterizos entre ambos ejércitos habían sido constantes y la Sociedad de Naciones solo había sabido aportar su completa inoperancia para evitar la guerra. Y en este último episodio, la gota que definitivamente colmó el vaso, el papel de la organización predecesora de la ONU fue tan patético que nadie hizo ningún esfuerzo por resucitarla posteriormente. Sin embargo, frente a la incompetencia de la Sociedad de Naciones a Mussolini se le opuso el gobierno francés y sobre todo el británico, cada vez más harto de los escasos efectos de su política de apaciguamiento. Las precauciones tomadas por el Duce, quien no quería ni imaginar un segundo desastre etíope, lo que trató de evitar enviando al triple de soldados que le solicitaban sus comandantes o empleando toda una suerte de panoplia de armas químicas contra el desarrapado ejército etíope, aún enfadaron más a sus socios de Stressa. El resultado final de todo esto ya lo conocemos todos: Mussolini pese a todo invadió Etiopía, los franceses y británicos no intervinieron a favor de la nación africana pero sí se distanciaron de los italianos, y en este río revuelto, los pacíficos alemanes, que había conseguido aguantar aislados durante dos años, supieron pescar la amistad del Duce, que a partir de este momento no solo empezaría a verse eclipsado por el líder alemán, sino que vería trágicamente ligado su futuro a la suerte del mismo.
Años atrás le preguntaron a una cotizada actriz de cine pornográfico cómo podía ser tan famosa –en el mundillo, se entiende- siendo como era tan mala actriz, ya que, por lo visto –yo no lo sé, hablo de oídas, claro- la tipa gesticulaba mucho, siempre ponían cara de viciosa ya interpretase a una enfermera o a una monja, y los pocos diálogos que le daban, más que nada para llenar esos breves momentos en los que su boca no estaba ocupada en otros menesteres, los resolvía de tres olímpicas patadas. La respuesta fue concisa pero asaz esclarecedora: “porque no me pagan precisamente por interpretar”. Y así era. Reconozco que una película porno interpretada por actores fogueados en Calderón o Shakespeare puede ser algo trepidante. En fin, imaginaos el típico “hola, doctora, me duele el paquete”; “te lo como todo”; “vale, si insiste”, mutado en un glorioso: “Ah, luz de élficas reverberaciones. ¿Acaso puede haber en este mundo beldad comparable a la que tu simple silueta destila en una noche de luna llena?”; “Tal vez, amado mío, más acompañadme al lecho y permitidme libar hasta la última gota de vuestro ser”; “Sea, pardiez, si insistís”. Y toda esta conversación reforzada por un juego de miradas abrasadoramente apasionadas. Una, la primera, podría tener su gracia, dos ya empezarían a aburrir y a la quinta, el usuario medio de este tipo de género se saltaría ágilmente los diálogos para pasar al momento en el que la chica comenzase a hacerle al chico un monólogo en francés a la espera de que un amigo del afortunado pasase por ahí y se apunte a dar unas lecciones de griego a diestro y siniestro, ante los ojos más que turbados de dos amigas de su esposa. Y es que, al final, al que paga por ver tiros en el cine, lo que le gusta es precisamente eso, ver tiros, y si hay algo de sexo, pues mejor, pero sobre todo que haya tiros, al que paga por ver carreras de coches, idem, y al que paga por ver una emulsión de sexo sazonada con algo de sexo y un extra de fuertes dosis de sexo, pues lo que le gusta es que haya, como poco, sexo. Bueno, pues salvando las distancias, con las modelos y las mises pasa tres cuartas de lo mismo, que nadie les contrata, les elige o les corona nada por ser más sabias que Hipatia de Alejandría –que, por cierto, se dice que también estaba como un tren- sino por ser guapas. A las modelos por ser guapas y saber andar por la pasarela con el estilo necesario para que los trapos que a veces les obligan a ponerse parezcan algo vendible, y a las mises para que sepan llevar un traje de baño con la misma cara de absoluta naturalidad con la que yo ando por casa con eslip –odio jurado les tengo a los calzoncillos- en el glorioso caso de que los encuentre al despertar. Y si luego son listas, pues mejor que mejor, esos buenos contratos que sabrán firmar para asegurarse un pellizquito que les sostenga el día que sus curvas de vértigo se vuelvan un vértigo de pendientes y su cinturita de avispa tórnese en cinturón de hierro. Pero si no lo son, y como parece muy improbable que en medio de un desfile nadie les vaya a preguntar por su presencia de ánimo ante la posibilidad de que un espontáneo quásar pueda provocar el nacimiento de una galaxia en aguas del Mar de Barents, y sobre todo, que de su respuesta vaya a depender la venta o no del vestido que señorea o, al menos, que sus conocimientos al respecto vayan a hacer cambiar de opinión al quásar de turno, no veo que deba tener la menor importancia su acervo cultural aunque este sea comparable al de nuestra ministra de Fomento. Así pues, que a nadie le extrañe ni le ofenda si una ex miss Venezuela va por ahí diciendo que Guantánamo es muy interesante con esas aguas “taaan hermosas” y esos perros “tan lindos”. Que oyes, igual resulta que además lo son, que para gustos están los colores. ¿Y qué esperaban que dijese?. Que tomase partido a favor o en contra para recibir las tortas en su deliciosa mejilla derecha o en su no menos deliciosa y besuqueable mejilla izquierda. ¿Para qué?. Tengamos presente además, que a fin de cuentas lo que ha hecho esta buena chica es dar una apreciación estética personal e intransferible sobre el agua o los perros. De las celdas, que ya es un tema más espinoso, dijo que eran “interesantes”, que no me parece ninguna mala respuesta. Oyes, que aquí, en España, mucho nos descojonaremos de las respuestas de esta pobre moza, pero hemos votado -y no una, sino dos veces- a un garrulo que no se levantó al paso de la bandera de los EE.UU., que objetivamente es una respuesta mucho menos diplomática. Además, y qué si lo dijo. Eso les pasa a los periodistas por preguntar. ¿Acaso van donde la ministra de Igualdad a preguntarle qué hace para mantener su cursi terso?. ¿Acaso le preguntan a la ministra Portavoz si prefiere un trapito de “Cuchufuá” o de “Mirienninini”, cuando por todos es conocido que sus conocimientos sobre la alta costura no tienen nada que envidiar a los de Coco Chanel?. Machistas, fascistas, xenófobos, les llamarían. Hombre, ir con esas a la pobre ministra. ¡Coño!, pero una modelo debe saber de eso y además tener el don de gentes de un Alto Comisario de la ONU, ¿no?. Mucha malicia es lo que hay. Y mucho escocido con la belleza ajena. Y ante esto, desde este púlpito no puedo sino dejar constancia de mi solidaridad a sangre y fuego con la encantadora señorita Dayana Mendoza, a quien de muy buena gana nombraría madrina de honor de este blog que tanto bien le desea. Aupa tú, Dayana!!
La historia no siempre se repite, es cierto. Es más, ni siquiera cuando se repite lo hace de una forma milimétricamente exacta. Y sin embargo, uno de los consejos más sabios que se pueden dar a un gobernante es que estudie el pasado y saque sus conclusiones para no caer en los errores de sus predecesores. No siempre funciona, pero ayuda, que no es poco. Por esto mismo, comparar al régimen teocrático iraní con el régimen racista hitleriano, cuando menos puede parecernos una exageración, e incluso a muchos un dislate, pero aún conservando muchas diferencias entre ambas dictaduras totalitarias, sí hay algunos aspectos similares que conviene no dejar pasar por alto. Uno de ellos, el más importante, sin duda, es el total desprecio hacia los derechos civiles de sus propios nacionales. Irán tortura a mansalva y ocupa un puesto de “honor” en lo que a ejecuciones anuales se refiere, más si tenemos en cuenta que no tiene la población del campeón indiscutible de esta negra competencia: la China (Popular). Partiendo de esto, toda amenaza a quienes ni siquiera son compatriotas de los gerifaltes iraníes no puede ser tomada a la ligera. Y la amenaza de estos existe y no es ninguna broma: destruir completamente el Estado de Israel. La total aniquilación de un grupo de seres humanos por no ser “iguales” a ellos: otro punto de coincidencia con Hitler y sus secuaces. Amenaza avalada además por la más que segura tenencia de armas nucleares. Así pues, los análisis que queramos hacer de este formidable enemigo debemos hacerlos partiendo de esta base: se trata de un enemigo, una nación dirigida por una serie de mentes criminales que maltratan a sus ciudadanos y están dispuestas -y cuentan además con los medios necesarios para ello- a borrar de la faz de la tierra a toda la población de una nación soberana. De momento, “solo” la de Israel. Luego sí, luego ya podemos esquivar ese árbol y contemplar el bosque en su conjunto. Luego ya sí podremos incidir en el probado hecho de que en Afganistán, iraníes y occidentales compartimos muchos enemigos comunes. Uno de ellos, sin duda, Al Qaeda y su versión local, los “talibanes”, quienes durante su reinado de terror laminaron a sangre y fuego a la minoría chiíta afgana, aliada natural de los iraníes. Y otro de los principales, los traficantes de drogas, las derivadas del opio sobre todo, que se cultiva de forma casi industrial en Afganistán, para luego invadir también el territorio iraní, en cuyas fronteras se han producido no pocos choques entre el ejército de los ayatolás y los grandes narcotraficantes afganos. Pero todo eso siempre tiene que ir en un segundo lugar. Y ni por esa comunión de intereses se puede consentir darles un papel más significativo del que la Comunidad Internacional les tiene reservado, que no es otro que el de parias en el mundo. El único apoyo destinado a Irán debe ir dirigido a la oposición interna para que de una forma u otra se libren de una vez del yugo de los asesinos que les oprimen. Por muy cordiales que sean a los ojos de Hillary Clinton, la misma, por cierto, que en las pasadas primarias de su partido decía aquello de “Quiero que los iraníes sepan que si yo soy presidenta, atacaremos a Irán (si éste ataca a Israel)”. Y es que no podemos olvidar que Hitler también era muy cordial con los franceses e ingleses en los años treinta. Lo fue, sin ir más lejos, y a raudales, en Munich. Y motivos no faltaban para creerle: él, un veterano de guerra, sabía lo que eran los gases, y la muerte de los amigos, y además odiaba a los comunistas. ¿Cómo él iba a arrojar la primera piedra contra Occidente?. Bueno, pues la arrojó. Y a poco descalabra a todas las democracias de un solo y certero golpe. Hasta el punto de que si éstas no hubiesen pactado con el diabólico Stalin la historia bien podría haber otra mucho peor. Y tampoco olvidemos que eso les costó a los europeos orientales setenta años de nazis y comunistas de seguido y sin descaso. No lo olvidemos: la historia no siempre se repite, pero por regla general, cuando algo se empieza de mala manera y se prosigue aún con menos acierto, suele acabar siempre en un sonoro fracaso.
Cansado de olvidarme de los títulos de mis canciones favoritas, he decidido crear este blog-videoteca musical.
De todas maneras, siempre pondré las versiones que mejor se oigan, aunque no se vea ningún vídeo.